Entrevistas

Ana María Reynoso, profesora, sobre apuntar a los niños a múltiples actividades en verano: "Está estudiado que necesitan descansar"

Unos niños participan en un campamento de verano
Unos niños participan en un campamento de verano. RDNE Stock project/Pexels
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Junio trae el final del curso escolar y el inicio de las vacaciones, al menos para los escolares. Hasta septiembre no volverán al cole y eso abre una pregunta muchas veces compleja para sus familias, la de qué se hace con los niños y niñas. Ahí es donde emergen campamentos, clases de refuerzo, ludotecas o actividades de todo tipo. Con ellos, se llenan esos días en los que padres y madres no tienen vacaciones y, de paso, se aprenden muchas cosas.

La gran cuestión es si, al programar al máximo esa agenda veraniega, se puede estar sobrecargando demasiado a las criaturas. ¿Necesitan tiempo para no hacer nada? Ana María Reynoso, profesora del Grado en Pedagogía de UNIR, confirma: "Hay mucha investigación sobre el tema y lo que está claro es que los extremos siempre son malos".

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Una agenda repleta de actividades

Resulta complicado contabilizar tanto cuántos cursos y actividades veraniegas pueden hacer los niños españoles este verano como cuánto dinero supone a sus familias. La oferta es demasiado amplia y variada para ello. El coste depende del lugar, el tipo de curso (tanto en contenido como quién lo organiza) o la duración.

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Según datos de Cofidis para este verano, la primera quincena de julio es la más cara, porque es cuando los padres y madres necesitan más ayuda en términos de conciliación. Los costes también suben si se ha dejado la búsqueda para el último momento. La horquilla de precios va desde los 120 euros de los programas públicos más baratos a los 4.600 de los de idiomas más elitistas. Un cálculo de la Asociación Nacional de Empresas de Actividades y Campamentos (ANEACAMP) sobre precios de 2025 que recoge Europa Press habla de una media de 602 euros por semana y niño, incluyendo alojamiento, alimentación, personal cualificado y actividades especializadas.

Pero más allá del coste económico, ¿se está cargando demasiado de actividades la agenda infantil? Esta no es una pregunta que la comunidad educativa se haga solo en verano, ya que durante el curso escolar las clases oficiales conviven con un amplio abanico de actividades paralelas. La infancia afronta una elevada carga de formación extra, paralela a unas elevadas expectativas por parte de sus progenitores. Los psicólogos Isa Duque y Fran Jódar en 'Acompañando a las nuevas generaciones en la era de las pantallas' señalan que se ha normalizado la idea de que todo el mundo debe tener éxito, lo que amplia la presión infantil. Las estadísticas hablan, de hecho, ya de una infancia un tanto estresada.

Reynoso recuerda el “riesgo de la hiperprogramación, cuando el verano se convierte en otra escuela”. "Hay quien usa las vacaciones para seguir con el mismo ritmo del curso escolar, con múltiples actividades”. La experta puntualiza que, en ocasiones, la conciliación laboral y familiar obliga. Aun así, seguir “así todo el verano” lleva a que “los niños no descansen”. La educadora advierte que, frente a la hiperprogramación, tampoco se debe hacer saltar por completo las rutinas. “La virtud está en el término medio”. “El verano es mucho más que unas vacaciones, es un tiempo de descanso tras un esfuerzo académico”, explica.

La profesora Ana María Reynoso

Tiempo para aburrirse

Por ello, el verano es igualmente un momento para aburrirse, algo muy importante a nivel educativo y que en las últimas décadas se ha infravalorado. “Hay que aprender a aburrirse. Los niños deben tener un tiempo sin actividades, sin extraescolares, sin deberes ni acontecimientos (y no valen las horas de sueño)”, recuerda en ‘Hiperpaternidad’ Eva Millet. El aburrimiento ayuda a aprender a autogestionarse, a ser capaz de llenar uno mismo las horas y a estar directamente consigo mismo.

“Está estudiado que el niño necesita aburrirse, que necesita descansar”, recuerda Reynoso y advierte contra ver como negativo que “el niño está quieto”. “Es todo lo contrario, es un motor de creatividad donde puede inventar juegos, construir historias o explorar el entorno o nuevas idea”, explica. “Gran parte del aprendizaje infantil surge de esa exploración espontánea”, asegura. El aburrimiento ayuda a despertar la curiosidad y a ganar autonomía. Padres y madres deben resistir la tentación de llenarlo todo de momentos perfectos para sus criaturas. El aburrimiento es, además, un arma educativa que enseña a gestionar la frustración, algo en lo que niños y niñas actuales, advierte Millet en su libro, necesitan mejorar.

El aburrimiento ayuda a despertar la curiosidad y a ganar autonomía

En el otro extremo se sitúa la hiperestimulación, que puede ser un lastre educativo y que es a lo que aboca la agenda cargada de actividades y eventos. “La vida de un niño debe ser mucho más fácil y tranquila”, explica Reynoso. Un verano demasiado repleto de cosas deja una infancia agotada, que llegará a septiembre de nuevo cansada. La experta aboga por “un buen verano educativo, con descanso y recuperación emocional”.

Cómo no perder lo aprendido

Descansar y recuperarse no implica necesariamente no hacer nada. El verano tampoco puede ser un barbecho completo. Uno de los grandes temores familiares es el de que los meses de parón hagan que se pierdan las rutinas de aprendizaje o, incluso, que se olvide lo que se logró durante el curso.

Reynoso explica que se puede conseguir evitarlo sin hacer que los niños y niñas sientan que están atrapados en un bucle de clases de refuerzo, escogiendo campamentos que toquen esas cosas o haciendo actividades que ayuden a ese refuerzo educativo ajustándolas a las edades. Algo tan simple como poner la mesa ayuda a reforzar las matemáticas, calculando comensales y sus necesidades. Una visita a un museo o un monumento en los viajes familiares permite repasar Historia y Ciencias Sociales.

“En conclusión, el reto educativo del verano no consiste en mantener a los niños totalmente ocupados, ni en reproducir la escuela durante las vacaciones”, sintetiza Reynoso. “Los menores necesitan descanso, juegos, relaciones sociales y experiencias enriquecedoras, pero también momentos de libertad en los que exploren el mundo por sí mismos”.