Entrevistas

'Lucía, mi pediatra', sobre la adolescencia: "Es una etapa de enorme remodelación cerebral en la que necesitan límites y consecuencias"

Lucía Galán, más conocida como 'Lucía, mi pediatra'. Javier Ocaña
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Lucía Galán Bertrand es más conocida como "Lucía mi pediatra", una referencia nacional e internacional en lo que a pediatría se refiere. Su forma de divulgar, siempre desde la rigurosidad pero también desde la tranquilidad y el optimismo en redes sociales, la han convertido en los últimos años en todo un referente no solo para su sector sino para cientos de padres y madres que toman sus consejos como oro en paño. En Mediaset Infinity es también una cara conocida por el programa 'Recién nacidos’ en el que ayuda a algunos famosos e influencers en el camino de la nueva maternidad y paternidad y todos sus desafíos. Ahora, ya madre de dos adolescentes, escribe una guía completísima para acompañar a los padres en esta etapa tan compleja.

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La autora, madre y doctora, se acerca a la adolescencia analizando, no solo los cambios físicos y mentales desde un punto de vista médico, sino también abordando cuestiones como el impacto emocional, la sexualidad, la convivencia familiar y los límites, el uso de la tecnología y la salud mental. En 'Adolescencia' (Planeta, 2026), las familias encontrarán numerosas respuestas a los principales retos que les presenta la crianza de sus hijos mayores, desde una visión realista que hará que los adultos también se observen a sí mismos para saber cómo sostenerles. Charlamos en esta entrevista que ha concedido a la web de 'Informativos Telecinco'.

Pregunta: Si hay una etapa que más preocupa a los padres es la adolescencia. ¿Se nos olvida muy rápido que un día nosotros fuimos adolescentes o qué crees que ocurre a los padres para sentir tanto miedo?

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Respuesta: Creo que ocurren varias cosas. La primera es que efectivamente tenemos bastante mala memoria. Recordamos algunas anécdotas de nuestra adolescencia, pero olvidamos la intensidad con la que vivíamos todo: la necesidad de pertenecer, el primer amor, el miedo al rechazo, la importancia de una amistad, la sensación de que nadie nos entendía… Para nosotros ahora son recuerdos; para ellos está sucediendo por primera vez. Pero además existe un relato tremendamente negativo sobre la adolescencia. Llevamos generaciones hablando de “la edad del pavo”, de rebeldía, conflicto, hormonas, portazos… y llegamos a esta etapa casi esperando que algo vaya mal.

Y a esto se suma algo más profundo: nuestros hijos empiezan a separarse de nosotros. Durante la infancia somos el centro de su universo y, de repente, los amigos adquieren un protagonismo enorme, cuestionan nuestras opiniones y reclaman intimidad y autonomía. Y eso, como padres, también remueve.

P: ¿Por qué escribiste este libro?

R: Una de las ideas fundamentales del libro es cambiar la mirada. La adolescencia no es una guerra que tengamos que ganar, sino una metamorfosis que tenemos que acompañar. No nos están dejando de querer ni nos están sustituyendo: nos están recolocando. Dejamos de ser el centro para convertirnos en la base, en el cable a tierra, en ese lugar al que siempre puedan volver.

P: ¿En qué puede diferenciarse un adolescente de ahora a uno de hace 50 años? Supongo que el contexto histórico y social también puede moldear la adolescencia.

R: Por supuesto. Biológicamente, las necesidades fundamentales del adolescente no han cambiado: construir su identidad, ganar autonomía, pertenecer al grupo, explorar, enamorarse, equivocarse, asumir progresivamente responsabilidades… Pero el escenario en el que hoy hacen todo esto es radicalmente distinto. Hace 50 años, cuando un adolescente llegaba a casa y cerraba la puerta, buena parte de la presión social se quedaba fuera. Hoy sus compañeros, las comparaciones, los conflictos y la necesidad de aprobación pueden entrar con él en el bolsillo y acompañarle las 24 horas.

Las redes sociales han añadido además una exposición constante a vidas aparentemente perfectas, cuerpos irreales, métricas de popularidad y una cantidad de información para la que muchas veces todavía no tienen herramientas suficientes. Y han aparecido riesgos que antes no tenían esta dimensión: acceso precoz a pornografía, ciberacoso, sextorsión, apuestas online o contenidos potencialmente dañinos.

P: Sin embargo, la mirada de este libro es precisamente desde el optimismo...

R: Sí, porque tampoco me gusta demonizar esta generación. Los adolescentes actuales también tienen acceso a información, comunidades de apoyo y una sensibilidad hacia cuestiones como la diversidad, la salud mental o determinadas injusticias que me parece maravillosa. No tenemos adolescentes peores. Tenemos adolescentes creciendo en un mundo diferente y extraordinariamente complejo. Y nuestra responsabilidad es conocer ese mundo antes de juzgarlo.

P: Uno de esos contextos que más retos supone es el de las pantallas. ¿Cómo pedirles que dejen el móvil cuando nosotros nos pasamos el día enganchados?

R: Ese es precisamente el primer ejercicio que tenemos que hacer los adultos: mirarnos. No podemos pedirles que dejen el móvil durante la cena mientras nosotros contestamos un WhatsApp “porque es importante”. Los adolescentes escuchan lo que decimos, pero, sobre todo, observan lo que hacemos. Y creo que tenemos que abandonar dos extremos: ni demonizar toda la tecnología ni entregársela sin límites. El móvil es una herramienta extraordinaria, pero no es una herramienta neutra y requiere aprendizaje y acompañamiento.

"La comunicación con un adolescente no se mide por cuánto te cuenta, sino por si sabe que puede contártelo cuando lo necesite"

P: ¿Qué se puede hacer en esta etapa para moderar su uso?

R: En casa funcionan mucho mejor los acuerdos familiares que las prohibiciones arbitrarias: comidas sin móviles para todos, proteger las horas de sueño, evitar que el teléfono duerma en la habitación, acordar qué aplicaciones pueden utilizar, revisar progresivamente los niveles de privacidad y hablar sobre qué hacer si reciben contenido sexual, violento o que les incomoda.

Y los límites deben evolucionar con la responsabilidad. A los 13 supervisamos mucho; a los 15 algo menos; a los 17 acompañamos mucho más de lo que controlamos. También debemos preguntarnos no solo cuánto utilizan las pantallas, sino qué están desplazando. Si el móvil está robando horas de sueño, ejercicio, estudio, relaciones presenciales o bienestar emocional, tenemos un problema. El objetivo final no es criar adolescentes obedientes que dejen el teléfono cuando nosotros se lo ordenemos, sino jóvenes capaces de autorregularse cuando nosotros ya no estemos delante.

P: ¿Cuáles son los principales cambios en su cerebro que pueden ayudar a los padres a entenderlos mejor?

R: La adolescencia es una etapa de enorme remodelación cerebral. Se produce una reorganización de las conexiones neuronales —entre otros procesos, mediante la llamada poda sináptica— y continúa madurando la corteza prefrontal, implicada en funciones como la planificación, el control inhibitorio, la toma de decisiones o la valoración de consecuencias.

Al mismo tiempo, los sistemas relacionados con la recompensa, la novedad y la emoción tienen un enorme peso. Esto ayuda a comprender por qué pueden buscar experiencias nuevas, asumir determinados riesgos o reaccionar emocionalmente con mucha intensidad.

Por eso utilizo una frase muy sencilla: la emoción corre y la razón camina. Esto no significa que no sepan razonar ni que podamos justificar cualquier conducta diciendo “es que su cerebro es adolescente”. Necesitan límites y consecuencias. Pero comprender su neurodesarrollo cambia nuestra manera de responder. No esperemos que reaccionen siempre como adultos cuando todavía están aprendiendo a serlo. Ellos tienen derecho a hacer cosas de adolescentes; nosotros, en cambio, tenemos la responsabilidad de comportarnos como adultos.

P: Es muy común que en esta etapa busquen saltarse las normas y los límites: llegar tarde, hablar mal, no recoger su habitación o dejar todo por medio… ¿Qué propones para que la convivencia sea más llevadera o fácil?

R: Lo primero: elegir las batallas. Si convertimos una sudadera tirada en el suelo, un plato en la habitación y una hora de llegada en conflictos de la misma magnitud, terminaremos agotados y ellos dejarán de distinguir qué es verdaderamente importante. Yo me pregunto: ¿esto afecta a su seguridad, a su salud, al respeto hacia los demás o a los valores que queremos transmitir? Si la respuesta es sí, ahí debemos mantenernos firmes. Si no, quizá podamos flexibilizar.

Los límites son necesarios, pero deben ser claros, coherentes, explicados y adaptarse a la edad y a la responsabilidad que van demostrando. No podemos tratar igual a un adolescente de 13 años que a uno de 17. Y hay una frontera que sí considero importante: la falta de respeto. Podemos aceptar enfado, frustración, desacuerdo e incluso que necesiten alejarse para calmarse. Pero el respeto debe ser bidireccional: ni ellos pueden humillarnos a nosotros ni nosotros podemos humillarlos a ellos.

P: ¿Qué pasa cuando es complicado hablar o comunicarse con ellos, cuando nos encontramos con monosílabos en las respuestas y parece que no podemos acceder a lo que les ocurre o a su “mundo interior”?

R: Que probablemente está ocurriendo algo bastante normal. Hay adolescentes muy comunicativos y otros que atraviesan etapas en las que hablan mucho menos con sus padres. Y debemos respetar que están construyendo también su intimidad. La comunicación con un adolescente no se mide por cuánto te cuenta, sino por si sabe que puede contártelo cuando lo necesite. A veces cometemos el error de perseguir la conversación: “¿Qué te pasa?”, “¿seguro que no te pasa nada?”, “cuéntamelo”. Y cuanto más interrogamos, más se cierran.

P: Entonces, ¿qué hacemos?

R: Las mejores conversaciones muchas veces aparecen de lado: conduciendo, paseando, preparando una cena, viendo una serie… Y cuando finalmente hablan, nuestro primer trabajo no es solucionar el problema. Es escuchar. También debemos soportar los silencios. No necesitamos saberlo todo. De hecho, creo que es sano no saberlo todo. Necesitan una parcela propia. Pero hay una frase que sí debemos repetir de muchas maneras durante estos años: “No necesitas contármelo ahora, pero si algún día lo necesitas, aquí estoy. Y pase lo que pase, buscaremos juntos una solución”.

P: Dedicas un capítulo a la sexualidad, la adolescencia es el momento de las primeras veces, como explicas. ¿Qué trabajo previo pueden hacer los padres para ayudarles en este momento, porque tarde o temprano llegará?

R: El gran error es creer que educación sexual significa sentarnos un día a hablar de relaciones sexuales. La educación afectivo-sexual empieza muchísimo antes. Empieza cuando les enseñamos desde pequeños que su cuerpo les pertenece, que pueden decir no, que nadie debe tocarles sin su consentimiento, que deben respetar los límites de los demás. Continúa cuando hablamos con naturalidad de los cambios de la pubertad, de menstruación, masturbación, orientación sexual, deseo, enamoramiento, anticoncepción e infecciones de transmisión sexual. Pero hay algo todavía más importante: enseñarles a querer y a dejarse querer bien. Hablar de respeto, cuidado, ternura, presión de grupo, consentimiento y límites.

Quiero que nuestros adolescentes sepan que no tienen que demostrar nada a nadie. Que la edad a la que sus amigos tuvieron su primera relación sexual es irrelevante. Que alguien que les quiere nunca les presiona para hacer algo que no desean. Y una idea fundamental: consentimiento no significa simplemente que la otra persona no haya dicho “no”. El consentimiento debe ser libre, informado, específico y reversible; cualquiera puede cambiar de opinión en cualquier momento.

El sexo seguro no consiste únicamente en utilizar preservativo. También significa sentirse seguro con la persona que tienes delante.

P: De hecho, el porno es una ventana a la que muchos adolescentes acceden a la sexualidad. Sin embargo, muchos padres piensan que sus hijos no consumen este tipo de contenidos. ¿Es necesaria siempre una charla para hablar de porno en casa?

R: Yo partiría de una realidad: aunque nuestro hijo no busque pornografía, puede encontrársela. Puede llegarle a través de un amigo, un grupo, una red social o un enlace. Por tanto, sí debemos hablar de ello. Pero no recomiendo “la gran charla sobre porno” con solemnidad y cara de preocupación. La educación sexual funciona mucho mejor mediante pequeñas conversaciones que empiezan mucho antes de que pensemos que las necesitan.

Y el mensaje fundamental es muy sencillo: la pornografía no es educación sexual. Es una representación creada para provocar excitación, no para enseñar cómo son las relaciones sexuales reales.

"Es difícil transmitir que no necesitan alcohol para divertirse si todas nuestras celebraciones giran inevitablemente alrededor de él"

P: ¿Cómo podemos introducir este tema sin que se vayan corriendo?

R: Tenemos que hablarles antes de que internet lo haga. Explicarles que una relación sexual sana tiene consentimiento, comunicación, respeto, cuidado mutuo y protección. Y, sobre todo, evitar reaccionar con vergüenza, castigo o escándalo si descubrimos que han visto pornografía. Si convertimos el tema en un tabú, probablemente seguirán teniendo dudas; simplemente dejarán de preguntárnoslas a nosotros.

P: Salir con los amigos de fiesta, beber alcohol, drogarse… Es muy frecuente que esto se produzca durante el fin de semana y muchos padres no sepan cómo abordarlo y les genere temor. ¿Qué consejos les darías?

R: Primero, hablar de alcohol y drogas antes de que llegue la primera fiesta. Cuando están saliendo por la puerta un sábado por la noche no es el momento para una conferencia. Debemos transmitir información clara y sin dramatismos. Saber con quién salen, dónde van, cómo volverán, establecer una hora razonable de regreso y mantener una vía de comunicación. Los límites aquí sí son importantes porque estamos hablando de salud y seguridad.

Y hay algo que recomiendo muchísimo: establecer un pacto de seguridad. Que sepan que, si alguna noche ellos o un amigo están en una situación complicada, pueden llamarnos. Iremos a buscarlos. Primero garantizamos su seguridad y después, al día siguiente y en frío, hablaremos de lo ocurrido y habrá las consecuencias que correspondan.

No quiero que el miedo a una bronca haga que mi hijo deje a un amigo intoxicado en una esquina o se suba a un coche con alguien que ha bebido. También debemos desmontar una idea muy extendida: que todos los adolescentes beben o consumen drogas. No es verdad. Y cuanto más normalizamos esa supuesta inevitabilidad, menos capacidad tenemos para prevenir. Y una vez más, el ejemplo adulto importa. Es difícil transmitir que no necesitan alcohol para divertirse si todas nuestras celebraciones giran inevitablemente alrededor de él.

P: ¿Tenemos que aceptar que van a beber alcohol? ¿Cómo les perjudica?

No. Y aquí creo que el mensaje de los adultos y de los profesionales sanitarios debe ser muy claro: siendo menores de edad, no deberían beber alcohol. No debemos transmitirles que beber forma inevitablemente parte de la adolescencia ni asumir que “todos lo hacen”, porque no es verdad.

El alcohol es una sustancia tóxica y psicoactiva que afecta a un cerebro que todavía está madurando, pero además hay algo de lo que hablamos mucho menos: el alcohol no solo afecta a su organismo, sino que los expone a infinidad de riesgos porque disminuye precisamente las capacidades que necesitan para protegerse. Altera el juicio, la atención, la coordinación, el tiempo de reacción, el control de impulsos y la capacidad para anticipar las consecuencias de sus actos.

A los adolescentes a veces les pongo un ejemplo muy sencillo: imagina que estás en una discoteca y de repente se produce un incendio. ¿Cómo crees que reaccionarías si llevas cinco copas en el cuerpo? ¿Crees que tomarías las mismas decisiones, reaccionarías con la misma rapidez y tendrías la misma capacidad para encontrar una salida que si no hubieras bebido nada? Evidentemente, no.

Y lo mismo ocurre ante una pelea, una caída, una situación de abuso, una relación sexual que no deseas, la decisión de subirte a un coche, perderte de tus amigos o cualquier emergencia. El alcohol merma capacidades cognitivas, motoras y ejecutivas precisamente en una etapa en la que algunas de ellas todavía están madurando. Por eso aumenta la vulnerabilidad frente a accidentes, intoxicaciones, violencia y otras conductas de riesgo.

P: ¿Cuándo debemos ponernos en alerta?

R: Ante episodios de embriaguez, pérdida de control, consumo repetido, consumo a solas, mentiras relacionadas con el alcohol, cambios importantes de comportamiento, deterioro académico o social, o cuando descubrimos que beben para aliviar ansiedad, tristeza o malestar emocional. Ahí no basta con castigar: necesitamos averiguar qué está ocurriendo y, si es necesario, pedir ayuda.

Hemos normalizado tanto el alcohol en nuestra sociedad que a veces olvidamos algo esencial: que sea legal para los adultos y forme parte de nuestra cultura no significa que sea inocuo. Y mucho menos para un menor.

Nuestro objetivo no es meterles miedo ni encerrarlos en una burbuja. Es darles información veraz, límites claros y herramientas para que entiendan por qué les decimos que no. Porque llegará el momento en el que nosotros no estemos delante y tendrán que decidir por sí mismos. Y para eso, precisamente, los estamos educando.