Cambio climático

Cuando el cambio climático afecta a la salud mental: "La 'ecoansiedad' es una prueba de que nuestro cerebro funciona como debe"

La psicóloga forense Anna Sibel explica qué ocurre para que esto suceda. Unsplash
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El calentamiento global no sólo trae consecuencias para la naturaleza —derretimiento de los glaciares, subida del nivel del mar, incendios de sexta generación o sequías masivas, entre otros— y para la salud física —muertes por golpes de calor, propagación de enfermedades o empeoramiento de la calidad del aire por partículas—. También la salud mental acarrea las secuelas.

Dentro del plantel de lo que comúnmente se conoce como “las nuevas ansiedades”, el cambio climático tiene un peso más que relevante, pero que todavía hoy en día sigue siendo silencioso de puertas a fuera, pues va ganando peso de una forma subyacente. Se trata de la “ecoansiedad”. Y en este sentido, la psicóloga forense Anna Sibel dibuja el mapa junto con todas las piezas de este fenómeno. Ante todo, la experta lo resume en una frase: “la ecoansiedad es una muestra de que nuestro cerebro funciona como debe ya que detecta amenazas reales y nos motiva a actuar”. 

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“Nuestro cerebro huye de un depredador permanente”

Uno de los primeros elementos que la experta pone encima de la mesa es la propia respuesta del cerebro frente al cambio climático. Aquí destaca las conclusiones del estudio de la neuropsicóloga de la Universidad de Yale, la doctora Sarah Clayton: “Los escáneres muestran que la ansiedad climática produce patrones de activación neurológica idénticos a la del estrés postraumático, pero sin el evento traumático en específico”, destaca.

Complementa este escenario con el hecho de que nuestro cerebro reacciona del mismo modo que si estuviera “huyendo de un depredador permanente” ya que “no está preparado —evolutivamente— para procesar amenazas difusas, globales y a largo plazo, como lo es el cambio climático”. 

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Las consecuencias inmediatas de la ansiedad climática

Sibel destaca que este tipo de ansiedad acarrea unas consecuencias muy concretas, siendo una de ellas lo que ella categoriza como “insomnio selectivo”. En este sentido, “se manifiesta una dificultad específica para dormir después de consumir noticias climáticas”. Sin embargo, no es la única. 

También expone lo que se conoce como “anhedonia ecológica”. De acuerdo con sus palabras, se trata de “la pérdida de placer al estar en la naturaleza por tener pensamientos intrusivos sobre su destrucción”. La parálisis de decisión es otro de los ingredientes, y la experta lo atribuye al hecho de “mostrar incapacidad para tomar decisiones cotidianas por su impacto en el medio ambiente”.

A este último elemento se le relaciona estrechamente lo que ella denomina la “culpa del carbono”: “son sentimientos abrumadores de culpa por actividades cotidianas normales”. Por último, expone un comportamiento de “hipervigilancia”. Aquí explica que las personas que sufren este tipo de ansiedad “llevan a acabo un monitoreo obsesivo de datos climáticos y pronósticos”. 

Sentimiento de traición, duelo ecológico y sesgo de negatividad

La experta, además de ilustrar los fenómenos anteriores, también pone el foco en dos elementos de carácter social. El primero de ellos hace referencia a lo que ella nombra como “traición generacional”: “las generaciones más jóvenes se sienten devastadas tras conocer que mucha gente de generaciones anteriores sabían lo que iba a pasar, pero que sin embargo, no hicieron nada, sienten que ahora ellos pagarán las consecuencias y eso deriva en un trauma por traición institucional”. 

A este elemento también se le suma el factor del “duelo ecológico”. “Se llora por un mundo que se desvanece. Los investigadores, a lo largo del tiempo han acuñado este término —también conocido como solastalgia— que tiene su origen en un dolor profundo por la pérdida de paisajes, ecosistemas o formas de vida”. Lo complementa explicando que “la neurociencia ha descubierto que este tipo de duelo ecológico activa las mismas regiones cerebrales que el duelo por la pérdida humana”. 

Se le suma un tercer ingrediente, que acaba de conformar el ‘cóctel perfecto’: el sesgo de la negatividad. “Prestar más atención a las amenazas que a las oportunidades nos mantuvo vivos durante milenios. Sin embargo, en la era de la hiperconectividad y de las redes sociales, este sesgo se ha vuelto contra nosotros ya que estamos expuestos a un bombardeo constante de información climática negativa que mantiene nuestro sistema nervioso en estado de alerta perpetua”.

¿Qué podemos hacer frente a la ecoansiedad?

Sibel pone encima de la mesa que la ansiedad frente al cambio climático se puede convertir “en el motor de acción para revertir la situación, ya que las personas que padecen de esta angustia tienen más probabilidades de participar en acción colectiva”. 

¿Y qué hay de cara a la propia ansiedad? ¿Existen formas de mantener esto a raya? Sibel aboga por cinco puntos fundamentales. El primero de ellos es una “dosificación informativa estratégica”: tenemos que limitar la exposición a 15 o 20 minutos diarios de información de este tipo, pero siempre seguido de información acerca de soluciones que ya se están llevando a cabo o acciones concretas positivas —que las hay y existen—“. 

También aboga por pasar tiempo en espacios verdes: “sólo 20 minutos diarios pueden reducir significativamente los niveles de cortisol”. 

Además ilustra la transformación del sentimiento: “acciones pequeñas para luchar contra el calentamiento global ya nos sirven para fortalecer las redes neuronales asociadas con el control de la situación”. 

Finalmente expone el hecho de “no estar aislados, ya que se ha demostrado una mayor resiliencia en comunidades que permanecen unidas”. Además destaca la puesta en marcha de la “esperanza activa”: “Tenemos que aprender a consumir y conocer información real y verificada sobre progresos que se están llevando a cabo. Hemos de dedicar tiempo de forma semanal a leer información sobre innovaciones, tecnologías y proyectos de restauración existosos, así como también, de políticas e iniciativas climáticas efectivas y que han demostrado su eficacia”, concluye.