Entrevistas

Ana Mombiedro, neuroarquitecta: "Para mí hay varios básicos al construir una vivienda para que aporte bienestar a las personas"

Ana Mombiedro. Cortesía
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La neuroarquitectura, una disciplina en plena expansión, demuestra que la luz que recibes, los sonidos que te rodean, las texturas que tocas o el orden visual de una habitación tienen un impacto directo en tus emociones, tu descanso, tu concentración y tu salud. Pero, ojo, porque esta nada tiene que ver con el Feng Shui, muy en auge en los últimos años. Para entender de qué se trata hablamos con Ana Mombiedro, arquitecta, neuropsicóloga y una de las voces de referencia en neuroarquitectura en el ámbito hispanohablante. Está especializada en neurociencia de la percepción, lleva más de una década investigando cómo los espacios influyen en el cerebro, la emoción y la conducta. Desde hace años colabora en proyectos arquitectónicos y educativos, imparte conferencias internacionales y forma a profesionales en universidades y escuelas de diseño. Su enfoque multidisciplinar -que integra arquitectura, neurociencia y psicología- la ha convertido en una divulgadora destacada.

Pregunta: ¿Qué es la neuroarquitectura explicada para personas que no saben nada de ella? 

Respuesta: La neuroarquitectura estudia cómo los espacios influyen en nuestro cerebro, nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestra conducta. No se trata solo de diseñar lugares bonitos o funcionales, sino de comprender que las características de los espacios —la luz, el sonido, la temperatura, la escala, los materiales o la distribucióntiene un impacto en cómo nos percibimos el espacio. En otras palabras, el entorno tiene una influencia en nosotros, la neuroarquitectura determina en qué medida nos afecta.

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P: Eres arquitecta, pero esto es un paso más. ¿Cómo llegas a ella?

R: Llegué a ella de una manera bastante natural. Durante mi formación como arquitecta me surgían dudas, primero sobre la función de los espacios, y más tarde sobre el papel de los habitantes. ¿En qué medida debería cambiar mi arquitectura si cambia mi usuario? En arquitectura hablábamos mucho de forma, función, normativa o estética, pero muy poco de cuerpo, percepción, bienestar o experiencia humana. Esa inquietud me llevó a estudiar especializaciones en neurociencia y un Máster en Neuropsicología del Aprendizaje. Terminé estudiando artículos de investigación que me ayudaron a aprender, a hacerme preguntas, y de ahí, a participar en proyectos de investigación y a escribir una tesis que aún está en proceso. Reconozco que el término neuroarquitectura me sonaba bastante mal, pero ya el 2019 publiqué un artículo de investigación sobre todo esto. Creo que es por este artículo dicen que soy precursora en España. En ese momento sentí que me inmolaba, pensaba que iba a recibir críticas duras, pero me equivoqué. A día de hoy me dedico a la aplicación de la investigación en el proyecto y a dar clase en la universidad. En mis libros se encuentra gran parte del contenido y experiencias de mis dos facetas profesionales.

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P: ¿Cuándo te diste cuenta que era tan importante para el bienestar de las personas pensar en una arquitectura más amable?

R: Vengo de familia de boticarios, así que siento que en mi mente siempre ha estado latente que la arquitectura también debía cumplir un papel en el ámbito de la salud. También hubo algo que se hizo evidente cuando viví en Finlandia: el lugar determina las relaciones sociales. Allí trabajé diseñando espacios educativos y veíamos claramente que un aula puede facilitar o dificultar el aprendizaje. Y aunque hay partes que dependen de la pedagogía o de la personalidad de docentes y estudiantes (cultura, lugar, idiosincrasia…), el espacio es, como decía Lori Malaguzzi, el tercer maestro. En torno a 2010, tuve un cambio radical de mirada y empecé a ver muy claro que la arquitectura está definida por la experiencia, y que para comprender cómo llegar al bienestar, iba a necesitar de la psicología y de la neurociencia.

"La vivienda saludable no es solo la que no enferma sino también la que acompaña bien la vida cotidiana"

P: La construcción de viviendas es algo con lo que convivimos en España a diario desde hace muchos años. ¿Se está cambiando el paradigma hacia viviendas más saludables o por el contrario se apuesta por muros y estancias funcionales?

R: Creo que estamos en un momento de transición. Por un lado, todavía existe una visión muy funcionalista de la vivienda: metros cuadrados, habitaciones, cocina abierta o cerrada, terraza, eficiencia energética, orientación… Todo eso es importante, por supuesto. Pero muchas veces seguimos pensando la vivienda como una suma de estancias y no como un ecosistema de vida. Sin embargo, también noto un cambio. Cada vez más personas se preguntan cómo afecta su casa a su descanso, a su estado de ánimo, a su capacidad de concentrarse o a la convivencia familiar. La pandemia aceleró mucho esa conciencia, porque de repente la vivienda tuvo que serlo todo: hogar, oficina, escuela, gimnasio, refugio y lugar de socialización digital.

Creo que el gran cambio de paradigma llegará cuando dejemos de preguntar únicamente “¿cuántas habitaciones tiene?” y empecemos a preguntar también “¿cómo se vive aquí?", "¿cómo entra la luz?", "¿dónde puedo retirarme?", "¿cómo suena este espacio?", "¿me permite descansar?", "¿me ayuda a regularme?”. La vivienda saludable no es solo la que no enferma, sino también la que acompaña bien la vida cotidiana.

P: ¿Qué suele ser importante a la hora de construir una vivienda para que esta aporte bienestar a las personas que van a vivir en ella? ¿Cuáles son para ti los básicos que no pueden faltar?

R: Para mí hay varios básicos. El primero es la luz natural. No solo por una cuestión estética, sino porque la luz regula ritmos biológicos, estado de ánimo, energía y descanso. Una vivienda debe permitir una buena relación con la luz a lo largo del día. El segundo es la calidad sensorial. Esto incluye acústica, temperatura, ventilación, textura de los materiales, olor, nivel de estímulo visual… Muchas veces pensamos el bienestar desde la decoración, pero antes de decorar hay que preguntarse si el cuerpo está cómodo.

El tercero es la posibilidad de tener intimidad. Una casa no puede ser solo un lugar abierto y compartido; necesitamos también rincones donde retirarnos, leer, no hablar, estar en silencio o simplemente recomponernos. Lo que tradicionalmente se llama zonas de día y zonas de noche. El cuarto es la flexibilidad. La vida cambia: teletrabajamos, cuidamos, recibimos visitas, los niños crecen, enfermamos, descansamos, celebramos... Una buena vivienda no debería ser rígida, sino capaz de adaptarse a distintos momentos vitales.

Y, por último, pero no por ello menos importante, algo que para mí es esencial: la conexión con lo natural. Puede ser una terraza, una vista al exterior (idealmente al cielo), una planta, materiales naturales o una luz cambiante. El cerebro necesita referencias vivas, hay mucha investigación sobre los beneficios de lo natural. Y si pudiera añadir uno más sería la limpieza. Pocas casas se diseñan teniendo en cuenta cómo se van a limpiar y es algo fundamental para la salud de las personas.

P: Cuando alguien va a comprarse una vivienda, ¿en qué debe fijarse? No todo el mundo tiene la capacidad de ver qué energía le transmite un lugar…

R: Recomendaría fijarse en cómo responde el cuerpo al espacio y, si es posible, visitarla en varias ocasiones, diferentes momentos del día. A veces entramos en una vivienda reformada, bonita, con materiales actuales, y pensamos que es una buena casa. Pero conviene detenerse un poco más.

En el libro 'Espacios que cuidan tu cerebro' tengo una batería de preguntas para poder educar la visión y saber en qué fijarse. Personalmente me preguntaría cosas muy concretas: ¿entra luz natural suficiente?, ¿hay ruido exterior o interior?, ¿cómo se ventila?, ¿hay vistas o sensación de encierro?, ¿los espacios permiten diferentes usos?, ¿hay algún lugar donde poder estar tranquilo?, ¿cómo es la temperatura?, ¿hay zonas demasiado oscuras o demasiado expuestas?, ¿cómo se circula por la casa?, ¿hay espacio real para guardar y evitar el caos visual?

Es importante recalcar que mi visión no tiene que ver con el Feng Shui, ni con disciplinas energéticas o esotéricas más relacionadas con la fe. Me fijo exclusivamente en aquellos aspectos del espacio que son procesados por nuestros sentidos y, por lo tanto, dan forma a nuestra percepción. De hecho, algo que aconsejo es observar al cuerpo, porque si prestamos atención nos puede dar mucha información (aunque no sepamos explicarla con palabras).

"Un espacio reducido puede aportar bienestar, pero necesita estar muy bien pensado"

P: Sabemos que muchas personas están ahora mismo habitando espacios reducidos, ¿estos pueden garantizar un bienestar emocional y físico? ¿Cómo podemos conseguirlo cuando las medidas son las que son?

R: Más metros no quiere decir más confort. Un espacio reducido puede aportar bienestar, pero necesita estar muy bien pensado. Aquí está la labor de la arquitectura, articular el espacio. Ya sabemos que el problema no siempre es el tamaño; muchas veces es la falta de orden espacial, de almacenamiento, de límites entre actividades, podríamos llamarlo salubridad sensorial.

Pero más que la arquitectura en sí hay algo muy importante: cuidar los rituales. Si trabajo, como, descanso y duermo en el mismo espacio, necesito pequeños gestos que indiquen al cerebro que estoy cambiando de actividad. Guardar el ordenador, cambiar la iluminación, abrir la ventana, poner una música determinada o transformar la mesa son acciones sencillas que ayudan al cuerpo a entender en qué momento del día está.

No todos podemos vivir en casas grandes, pero sí podemos construir espacios calmados y respetuosos con nuestras necesidades. La clave, hoy en día, está en hacer los cambios poco a poco.

P: ¿Cómo consigue una neuroarquitecta tener un hogar que garantice su bienestar emocional?

R: No creo que exista un hogar que “garantice” el bienestar emocional, porque el bienestar depende de muchas capas: relaciones, salud, trabajo, descanso, contexto vital… De hecho, siempre digo que la mejor casa para una persona con depresión es aquella con un buen profesional de la psicología dentro. Lo que sí creo es que un hogar puede acompañarnos y favorecer las necesidades de nuestro cuerpo.

La accesibilidad es un ejemplo tangible de ello. Si tenemos visión reducida, el tipo de luz o la disposición de los objetos. Si hay niños pequeños en casa el tipo de objetos que tenemos a su alcance o el tipo de mobiliario que elegimos, idealmente tenemos que ver qué necesidades del neurodesarrollo tenemos –porque todas las personas tenemos el cerebro en transformación constante– y tomar decisiones a partir de ahí. En mi caso, intento que mi casa tenga lugares claros para distintas acciones: descansar, trabajar, leer, compartir, retirarme... También doy mucha importancia a la luz, a los materiales, al orden visual y a la posibilidad de tener rincones de calma. No necesito que todo esté perfecto, pero sí que esté recogido, sea fácil de recoger y de limpiar.

P: ¿Qué es aquello que hemos normalizado que tú bajo ningún concepto aceptarías en tu hogar?

R: Hay cosas que hemos normalizado y que yo evitaría siempre que pudiera. Por ejemplo, vivir sin luz natural durante muchas horas al día, la ausencia de plantas en los hogares, aceptar un ruido constante como si no pasara nada, tener pantallas o luces led de dispositivos por toda la casa o convivir con un nivel de desorden que impide pensar con claridad. Al final la casa es el reflejo de la persona, lo veo como una extensión del cuerpo. Si cuidas de tu casa, ella cuidará de ti. En el momento actual, con el boom nórdico que hubo, se normalizaron las casas sin identidad, como asépticas. ¿Qué ha pasado con el color, con las geometrías de azulejos, baldosas…? Creo que una casa no sólo tiene que respirar la personalidad del habitante sino también la cultura del lugar. Soy una apasionada de las idiosincrasias locales y creo que ayudan a construir un sentido de pertenencia muy bueno para la psique.

Resumiendo, y justo estoy en proceso de buscar una casa para mis dos hijos y para mí, mi hogar debe permitirte estar con otras, pero, sobre todo, conmigo misma.

P: Los hogares son refugios, como bien dices, ¿cómo se construye un rincón de refugio sensorial? 

R: Un rincón de refugio sensorial es un lugar donde el cuerpo entienda que puede bajar la alerta. Para construirlo, empezaría por elegir una zona protegida, no necesariamente cerrada, pero sí con cierta sensación de estas arropado. Puede ser una esquina, una butaca junto a una ventana, una hornacina en una pared, o incluso un pequeño espacio en el dormitorio.

Después cuidaría la luz. Mejor una luz cálida, indirecta, regulable, que no venga desde arriba de forma agresiva. Añadiría texturas agradables: una manta, madera, una alfombra para invierno y algún paño de seda o lino para invierno. Algo que invite al contacto. Y esto lo acompañaría con alguna fragancia suave, diferente al resto de la casa. Idealmente lavanda que tiene linalol y reduce el estrés.

P: ¿Qué pequeños gestos pueden transformar un espacio?

R: El primero es ordenar visualmente. No hablo de obsesionarse con el orden, sino de reducir ruido: quitar lo que sobra, agrupar objetos, despejar superficies, dejar que el espacio respire. El segundo es trabajar la luz. Cambiar una bombilla fría por una luz cálida, añadir una lámpara baja, evitar una iluminación homogénea y dura… La luz transforma por completo la atmósfera emocional de una casa. Para concentrarse y trabajar en detalle recomiendo luces frías, y para relajarse y trabajos más creativos, luces cálidas. Lo ideal es ir alternando y poder cambiar.

El tercero es introducir naturaleza: plantas, materiales naturales, vistas despejadas, ventilación y luz cambiante. No hace falta convertir la casa en un jardín; a veces una sola planta bien situada ya modifica la relación con el espacio. Aunque personalmente prefiero las casas-jardín.

El cuarto es crear un rincón de pausa. Una silla cómoda, una manta, una lámpara y un pequeño silencio pueden ser más transformadores que una gran reforma. Y el quinto es observar cómo vivimos realmente. Muchas casas están organizadas según cómo creemos que deberíamos vivir, no según cómo vivimos. Transformar un espacio empieza por mirar la vida cotidiana con honestidad: dónde dejo las cosas, dónde me siento bien, qué zona evito, dónde se acumula el conflicto, dónde descanso mejor… Observarse por dentro para verse por fuera.