Los ocho minutos que llevaron hasta Mònica Borràs tras más de 10 meses desaparecida: "Había señales claras de un enterramiento clandestino"
Luis Avial, experto en georradar, recuerda el día en el que se resolvió el caso de Mònica Borràs, asesinada por su pareja en Terrassa
El caso de Mónica de la Llana, presuntamente asesinada por su pareja en Tarragona, encara su fase decisiva
Durante más de 10 meses, familiares, investigadores y vecinos se preguntaron qué había ocurrido con Mònica Borràs. La mujer de 49 años desapareció el 7 de agosto de 2018 en Terrassa y, desde el primer momento, su entorno sostuvo que aquella ausencia no encajaba con una marcha voluntaria. Mientras su expareja, Jaume Badiella, aseguraba desconocer su paradero, los Mossos d'Esquadra fueron reuniendo indicios que acabaron apuntando hacia un desenlace mucho más oscuro.
La investigación alcanzó su momento decisivo el 19 de junio de 2019, cuando una amplia comitiva judicial registró la vivienda que ambos habían compartido. Lo que trascendió entonces fue que el cuerpo de Mònica apareció enterrado en el jardín de su domicilio. Sin embargo, lo que apenas se conocía hasta ahora es cómo se llegó exactamente hasta ese punto y qué ocurrió durante las horas previas al hallazgo.
Las declaraciones inéditas de Luis Avial, especialista en georradar y colaborador habitual de distintos cuerpos policiales, permiten reconstruir aquella jornada con un nivel de detalle desconocido. Apenas unas semanas antes había participado para los Mossos d'Esquadra en otra investigación relacionada con un homicidio vinculado al crimen organizado. Todavía con aquella intervención reciente, fue requerido para incorporarse a la búsqueda de Mònica Borràs y su aportación acabaría resultando determinante para localizar el enterramiento clandestino dentro de la propiedad.
Las manchas ocultas tras una pared recién pintada
"Mi trabajo consiste en prestar apoyo técnico a las fuerzas de seguridad. Intento mantenerme al margen de la carga emocional de los casos y centrarme exclusivamente en los indicios objetivos", señala Luis Avial como introducción en la conversación con la web de 'Informativos Telecinco'.
El especialista explica que el registro se desarrolló de forma metódica. La vivienda fue inspeccionada estancia por estancia mediante georradar y termografía, mientras los Mossos despejaban cada zona para facilitar el trabajo técnico.
"En una habitación de la primera planta detecté mediante termografía unas anomalías detrás de la pintura. Aquella estancia había sido pintada recientemente. Los especialistas de policía científica realizaron una pequeña apertura y confirmaron la existencia de manchas de sangre", recuerda.
Las horas avanzaban y el operativo acumulaba ya una larga jornada de trabajo. En la inspección participaban agentes de la Unidad Central de Desaparecidos, policía científica, forenses, guías caninos, mandos policiales, Fiscalía y la autoridad judicial. Tras revisar la planta baja sin resultados concluyentes, se abrió una reflexión operativa sobre si quedaban espacios relevantes por inspeccionar dentro de la finca.
Luis Avial insistió en la inspección técnica con georradar
"Yo siempre les digo a los investigadores que tan importante es encontrar la evidencia que buscan como certificar al 100% que no está allí el cadáver", comenta Avial. En aquel momento los Mossos manejaban distintas hipótesis sobre el destino del cadáver. Entre ellas, la posibilidad de que hubiera sido trasladado fuera de la vivienda, concretamente a "una cueva", ya que el sospechoso tenía conocimientos sobre espeleología.
Fue entonces cuando Avial llamó la atención sobre una caseta que se encontraba al fondo del jardín que tenía la vivienda. Los indicios recopilados hasta ese momento no apuntaban especialmente hacia aquella construcción, que ya había sido examinada visualmente y por las unidades caninas. Sin embargo, el especialista insistió en la necesidad de la inspección técnica con georradar. "El comisario aceptó explorar el lugar y en cosa de media hora los agentes despejaron esa zona", detalla.
"Una vez se despejó todo, bastaron ocho minutos de reloj. Al pasar el georradar, detecté anomalías y avisé al juez. Señalé el lugar y le dije que había señales claras de la existencia de un enterramiento clandestino. Él, entonces, llamó al acusado, que no paraba de fumar y parecía estar nervioso. El sospechoso, aguantando el tipo, dijo que no había enterrado nada porque hacía muchos años que no entraba en la caseta. Pero sus palabras quedaron vacías. Llegaron dos forenses, levantaron las losetas y encontraron cal blanca, algo que se me quedó grabado. Luego realizaron una apertura y, efectivamente, se halló el saco donde estaba el cuerpo de Mónica", precisa Avial, que posteriormente fue condecorado con la Medalla al Mérito Policial.
Años después, el experto sigue considerando aquella intervención como una de las más significativas de su trayectoria profesional. Sostiene que la tecnología desempeñó un papel decisivo en la localización del cadáver y reivindica el valor de las herramientas geofísicas como apoyo a las investigaciones criminales. "Tengo la convicción de que, sin el georradar, aquel cuerpo probablemente no habría aparecido aquel día, porque ya se había planteado retirar el operativo. Realmente me da miedo pensar la de cuerpos que siguen sin encontrarse en muchos otros casos", precisa Avial, que subraya la importancia de complementar el trabajo policial con medios técnicos capaces de detectar indicios que resultan invisibles a simple vista.
La condena a Jaume Badiella
El hallazgo del cadáver permitió cerrar una de las desapariciones más mediáticas de Cataluña y fue determinante para el posterior proceso judicial contra Jaume Badiella. La investigación acreditó que Mònica Borràs había sido asesinada el 7 de agosto de 2018 en la vivienda que ambos compartían en Terrassa y que su cuerpo permaneció oculto durante más de 10 meses bajo tierra en el jardín.
En marzo de 2022, la Audiencia de Barcelona condenó a Badiella a 18 años y medio de prisión. El jurado popular consideró probado que golpeó a la víctima en repetidas ocasiones con un hacha, causándole la muerte en el interior del domicilio. La sentencia también apreció el agravante de parentesco al aprovechar la relación de confianza existente entre ambos.
Durante la investigación quedó acreditado que fue el propio Badiella quien denunció la desaparición de Mònica y mantuvo durante meses la apariencia de una marcha voluntaria. Sin embargo, los investigadores detectaron numerosos elementos incompatibles con esa hipótesis: la mujer había desaparecido sin su documentación, sin su bolso, sin su teléfono móvil y sin utilizar su vehículo. Además, Jaume acudió a denunciar con un rasguño que no pasó desapercibido.
Tras el hallazgo del cuerpo, el acusado acabó confesando los hechos. No obstante, el tribunal rechazó aplicar la atenuante de colaboración al considerar que durante meses ocultó información relevante para la investigación y no contribuyó a la localización del cadáver. Además de la pena de prisión, fue condenado a indemnizar a la madre y al hermano de la víctima. Siete años después, el caso de Mònica Borràs sigue demostrando que incluso los crímenes que parecen perfectos pueden acabar resolviéndose.