Drogas

Miriam fue adicta a la heroína con 15 años: "Mis padres también pensaban que a ellos no les iba a pasar"

Miriam San José (extoxicómana). Cedida
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Miriam San José era buena estudiante, tenía a sus amigas de siempre y crecía en un pueblo de Zamora. Desde fuera, su vida encajaba en lo que socialmente se considera 'normal' para una niña de su edad. "Me gustaba agradar, dar lo mejor de mí, cumplir expectativas y no defraudar...", recuerda.

Aun así, con solo 15 años se enganchó a la heroína y necesitó ingresar durante un año y medio en un centro de desintoxicación.

Hoy, con 46 años, se dedica profesionalmente a ayudar a familias cuyos hijos están en riesgo de adicción. "Hay muchos padres que piensan que a sus hijos no les va a pasar, y los míos eran uno de esos", subraya en una entrevista con la web de Informativos Telecinco.

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Un duelo no gestionado

Tenía 13 años cuando se enamoró de un chico seis años mayor que ella, de quién su familia intentó alejarle, incluso llevándola a un internado. Miriam pasaba un día más en el centro cuando la llamada de su madre no llegó a la misma hora de siempre. Era para comunicarle que ese chico había fallecido por una sobredosis.

Ella, que no sabía que él tomaba sustancias "ni siquiera conocía qué eran las drogas" se preguntaba: "¿cómo eso ha podido llevarse a la persona que yo más quiero?".

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En una búsqueda de respuestas y un duelo no gestionado tras perder al chico que llevaba años conociendo, acabó probándolas. "Tenía 14 años cuando empecé a fumar tabaco, luego a beber alcohol y a fumar porros. De ahí pasé a la cocaína y a los 15 a la heroína, a la que desarrollé mucha adicción".

Miriam empezó a faltar a clase y a bajar su rendimiento escolar; hubo cambios en su alimentación, llegó a pesar 37kg y en su casa empezaban a faltar cosas "porque con la propina no me daba". Sus padres no se habían dado cuenta y fue una profesora del instituto quien les alertó.

"Sabía que tenía un problema. No era capaz de asumir la clase sin consumir, tenía tal adicción que necesitaba salir para poder fumar en los baños, pero te atrapa la sensación que te provoca la droga y ya no te imaginas tu vida sin consumir", subraya.

"Lo más doloroso llega cuando tus padres lo descubren. Primero te intentan encerrar en casa, que no consumas, pero te acabas buscando la vida para hacerlo", cuenta.

Finalmente ellos tuvieron "la gran suerte de dar con ACLAD, una organización de Castilla y León que ayuda a colectivos en riesgo y les orientaron". "La trabajadora social me explicó en mí mismo lenguaje, —algo fundamental—, que tenía un problema, que sabía por lo que estaba pasando y me mostró soluciones. Eso me ayudó. Recuerdo perfectamente como me enseñó una serie de catálogo con los centros disponibles mientras me hablaba de la importancia de salir del entorno y de aprender a vivir de nuevo", cuenta.

Su día a día en un centro de rehabilitación

Miriam acudió a un centro de rehabilitación en Sant Feliu de Codines (Barcelona), donde "se trataba la adicción de una manera diferente a como se hace hoy en día", que "estás informado y acompañado de profesionales", señala. "Aquello se basaba únicamente en hacer terapia ocupacional".

A pesar de que hace décadas de aquello, Miriam no olvida el primer día que entró en el centro porque le "impactó muchísimo". Era domingo, 25 de marzo, y le acompañaba su madre. Miriam comenzaba a sentir los primeros síntomas del síndrome de abstinencia, "temblaba de frío" y al llegar al centro les dio la bienvenida el responsable, que "era extoxicómano".

"Tengo una imagen que se me quedará grabada para toda la vida. Era la hora de la comida y recuerdo que abrieron el comedor y vi a unas 150 personas, casi todos hombres mayores. Yo tenía 17 años y apenas éramos cinco mujeres, de las cuales tres menores. Te puedes imaginar como se fue para mi madre dejarme allí", relata Miriam.

La recuperación

En total Miriam estuvo un año y medio en el centro y los peores días fueron "sin duda los 10 primeros". El 'mono' no la dejaba dormir, "estuve 9 días sin conseguir descansar", no comía y se hacía sus necesidades encima porque "el síndrome de abstinencia era enorme". Además, tenía continuamente a dos personas junto a ella, las llamadas 'puestas en marcha', que la acompañaban para todo, "desde ir a comer hasta el baño".

Debían de estar ocupados en todo momento haciendo distintas actividades de cuidado del centro. "Por ejemplo, te volcaban un mueble lleno de hilos colocados por colores y tú tenías que volver a colocarlos de nuevo con el único fin de que tu mente estuviera ocupada, pero no salías preparada para la vida, no te enseñaban a gestionar cómo afrontar el volver a la calle, a diferencia de como se hace hoy en día".

Durante el primer mes tenían prohibido cualquier comunicación con el exterior y los seis primeros meses no podían recibir visitas. "Los primeros días solo piensas en cómo puedes marcharte de allí, pero merece la pena resistir y aprender a vivir de nuevo. Llega un día en el que te levantas y vuelves a ver la vida. Y te dices: 'No quiero volver a lo mal que lo he pasado, tengo que esforzarme'".

"Tengo un recuerdo muy bonito de cuando vinieron a verme mis padres por primera vez. Estaba junto a mis compañeros, que, aunque al principio los veía tan diferentes, luego me di cuenta de que eran personas maravillosas, y mis padres no me reconocieron. El cambio físico era brutal", rememora.

Ahora ayuda a otras personas adictas

Cuando Miriam comenzó a recuperarse, todavía en el centro, se prometió "ayudar a otras familias como la suya, sin recursos para afrontar la situación; y a otros adolescentes para que no se encontraran sin herramientas, perdidos y haciéndose preguntas poco adecuadas que te llevan a sitios donde no quieres frecuentar".

Cuando terminó el proceso se puso a trabajar. Ha pasado por diferentes sectores mientras paralelamente se formaba. "Necesitaba ayudar y entender cómo funcionamos".

Miriam se propuso dar cobertura a dos espacios: la prevención y el acompañamiento tras la salida del centro. "Me daba cuenta de que en prevención se hablaba desde el dato y con términos poco cercanos, sin herramientas de recurso", subraya.

"Es necesario sentarnos con nuestro hijo, comunicarnos activamente con ellos y prepararlos para lo que se van a encontrar fuera. Hablar de qué es un amigo, cómo actuarás si te encuentras ante una situación incómoda con presión social y con qué herramientas contarás si no te apetece hacerlo", explica.

Miriam, que ayuda "desde la experiencia real", también quería dar cobertura a esa "soledad que se siente tras salir de un centro de rehabilitación", que "solo sabemos las personas que hemos pasado por ello".

Las señales que te pueden indicar si tu hijo consume

Ahora acompaña a familias con adolescentes en riesgo de consumo (alcohol y drogas) o de adicción al (juego) a actuar antes de que sea tarde y repasa las señales clave que deben hacer saltar las alarmas.

"Casi siempre favorece el consumo el cambio del colegio al instituto y un cambio de amigos brusco, sobre todo si son más mayores. Empiezan pequeñas mentiras que en un principio no tienen mucha importancia, pero ya son repetidas. Una persona que es puntual y comienza a retrasarse, un cambio en el rendimiento escolar, un cambio alimenticio, aislamiento...", resalta.

Además de "cosas más obvias" como que llegue a casa con los ojos rojos o encontrarles boquillas, papeles de fumar o una bolsa con algún tipo de sustancia. En cuanto a la ludopatía resalta que "lleguen a casa con monedas o encontrar apuntados resultados de fútbol".

"El problema es que muchas veces algunas de estas señales se confunden con una etapa de la adolescencia, pero es muy importante como padres formarnos en comunicación y ser conscientes de que a tu hijo también le puede pasar, aunque sea un buen estudiante o deportista. Tenemos que crear en casa un espacio seguro. Hay veces que no tenemos las herramientas para enseñar a nuestros hijos y para eso estamos las personas especializadas", subraya.

Le preocupa especialmente "la cantidad de adolescentes y jóvenes que consumen cannabis a diario y no lo ven un problema. Se está normalizando tanto que no hacerlo llega a ser raro. Y luego cuesta mucho salir de ahí. Mi pregunta es: ¿para qué lo estás consumiendo? y ¿cómo lo puedes sustituir por algo más beneficioso?", concluye.