La vida de Marina, joven con trastorno bipolar, entre la tristeza y la euforia: "Es una lucha constante por entenderse y hacerse entender"
Marina relata en primera persona cómo es convivir con trastorno bipolar: desde la euforia descontrolada hasta la depresión más paralizante
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A sus 31 años, Marina González ha aprendido a convivir con los altibajos emocionales que conlleva padecer un trastorno bipolar y la incomprensión de vivir entre la euforia y la oscuridad. “Al principio ni tú misma entiendes qué te pasa”, arranca esta joven sevillana en una entrevista con 'Informativos Telecinco'.
Su relato se remonta a la adolescencia, cuando comenzaron los primeros síntomas. “Empecé teniendo una depresión a los 18 años. Me notaba muy apagada y me pasaba el día llorando”.
Sin embargo, esa tristeza convivía, en cuestión de poco tiempo, con una aparente euforia: “cuando entré a la carrera universitaria, hablaba mucho con la gente, era extrovertida. No podía pararme quieta... Me pasaba varios meses deprimida para después estar eufórica”, describe la joven.
En aquel momento, ni ella ni su entorno entendían lo que ocurría. “Mis padres no sabían lo que me pasaba, me llevaban a psicólogos y nos decían que era típico de adolescentes”.
Tras varios años así, un día, durante una de las fases de mayor euforia y agitación, un médico le da la respuesta definitiva a esos cambios emocionales tan drásticos: “Mi madre me llevó al hospital, me sedaron y me llevaron a psiquiatría. Allí permanecí un mes ingresada. Me hicieron pruebas y al final me diagnosticaron trastorno bipolar. No daba crédito, no lo entendía ni lo aceptaba”.
Unos meses atrás, Marina había comenzado a fumar cannabis, lo cual, según le dijo la psiquiatra, fue uno de los detonantes que desencadenó su trastorno. “Podría haberse dado más adelante, pero esto lo potenció”, explica.
Desde la euforia que desborda hasta la depresión que "hace difícil respirar"
Uno de los aspectos más difíciles de explicar del trastorno bipolar para quien no lo ha vivido es la fase de euforia, la cual se malinterpreta como bienestar: “Sientes que vives constantemente con alegría, y crees que está todo bien, pero no es así, ya que estos picos de euforia te llevan a un descontrol total”, dice Marina.
En esos momentos, su comportamiento es radical: “Hablas con todo el mundo, hasta con desconocidos. Es extraño porque la gente se queda como extrañada al verte tan acelerada. Vas a mil por hora. No puedes dormir”.
Además, la percepción de la realidad también se altera: “Crees que el mundo gira alrededor de ti. Crees que todo lo que pasa en el mundo pasa gracias a ti o por tu culpa. A veces, la cabeza va tan rápido que parece que el mundo no puede seguirte”, señala.
Frente a esos momentos de intensidad extrema, llegan los periodos depresivos, donde “todo pesa tanto que hasta respirar se vuelve difícil", explica. “Es curioso porque en los momentos de euforia todo parece posible y en los más oscuros no tienes fuerzas ni para contestar un mensaje”.
El estigma social y el sentirse incomprendida
A Marina, padecer trastorno bipolar le ha influido en sus relaciones personales. “Me he sentido incomprendida muchas veces. La gente no sabe por qué estás depresiva y luego tan eufórica”, comenta.
Durante años, el estigma fue un obstáculo importante: “Ahora no tanto, pero antes me costaba muchísimo contárselo a la gente. Era una parte de mí que yo misma rechazaba. Sentía que me iban a mirar de forma diferente. A la hora de tener pareja tampoco sabía si contarlo”, dice.
Sin embargo, su experiencia ha sido en gran parte positiva cuando ha decidido hablar: “Cuando lo cuento, la respuesta de la gente suele ser respetuosa, y tienen curiosidad”.
Por ello, el año pasado Marina decidió escribir y publicar ‘Diario de una chica bipolar’, un libro donde cuenta su experiencia: “Quería contar mi historia para dar visibilidad y también para que la gente de mi entorno me entendiera”, comenta.
El tratamiento, vital para llevar una "vida estable"
Otro de los momentos más duros de la experiencia de Marina con este trastorno llegó tras una recaída, a los 26 años, cuando acabó ingresada por segunda vez. “Ocurrió porque dejé de tomar la medicación. No aceptaba del todo lo que me pasaba y no quería estar atada a un tratamiento. Quería escaparme de ir al psiquiatra y a la psicóloga. No lo asumía”, revela.
Una medicación a la que hoy está agradecida ya que gracias a ella puede llevar una “vida estable”. “Ahora sé que no quiero hacerme sufrir ni a mí misma ni a mi familia… ellos siempre me han apoyado y no me he sentido nunca sola”.
Además de la medicación y la terapia, Marina destaca la importancia de tener una rutina y hábitos que la hagan sentirse bien. “Descansar es primordial. También medito cuando me encuentro más estresada. Hago deporte”, dice.
Asimismo, el arte, su gran pasión, ha sido un refugio para ella: “Siempre me ha gustado mucho cantar, pintar… Me ayuda a poder canalizar las emociones. Estudié arte dramático. El arte es muy importante para mí a la hora de descubrirme y calmar todo lo que siento”, asegura.
Estar alerta a las emociones y saber comprenderlas
En su proceso terapéutico, Marina ha desarrollado herramientas para entenderse mejor. “Hay veces que he tenido como una especie de ‘pandilla interior’. Que son conversaciones conmigo misma para analizar lo que siento en cada momento. Al tener trastorno bipolar, es muy importante analizar constantemente tus emociones y comprenderlas”, asevera.
“Cuando tienes este trastorno, estás todo el rato dudando de si manifestar según qué tipo de emoción por si tu entorno se va a preocupar. Te sientes cohibida. Por eso, hay que ‘dejar sentir’, pero siempre con el prisma de entender que es una emoción dentro de lo natural”, prosigue.
A quienes sospechan que pueden estar atravesando una situación similar, les aconseja que “escuchen a los demás”. “En la euforia no eres consciente de que estás mal. Por eso es muy importante que tu entorno te diga cómo te notan para que seas consciente. Yo le pregunto mucho a mi madre”.
A aquellos familiares y amigos de personas que sufren este trastorno, Marina les pide “que tengan paciencia y que los apoyen y los comprendan”. “No se trata de controlarlos, sino de estar alerta a las emociones”, señala.
Ahora, desde su experiencia, puede anticipar señales: “me doy cuenta enseguida de que puedo entrar en una etapa más eufórica. El trastorno bipolar es una lucha constante por entenderse y hacerse entender”, concluye.