Myriam Seco, arqueóloga española y referente internacional: “Los antiguos egipcios compartían las mismas inquietudes fundamentales que nosotros”
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Algunas personas estudian la historia; otras la desentierran. Myriam Seco (Sevilla, 1967) lleva más de tres décadas haciendo ambas cosas. Arqueóloga y egiptóloga de referencia internacional, doctora en Geografía e Historia por la Universidad de Sevilla, Myriam ha dedicado gran parte de su vida a descifrar los enigmas de una de las civilizaciones más fascinantes de la historia: la egipcia.
A lo largo de más de tres décadas de trabajo sobre el terreno, ha participado en excavaciones y proyectos arqueológicos en Egipto, Líbano, Emiratos Árabes Unidos y el Mediterráneo oriental, combinando la arqueología terrestre y subacuática con una intensa labor investigadora y divulgativa. Su carrera está repleta de hallazgos de enorme relevancia -como el descubrimiento de enormes bloques del antiguo Faro de Alejandría-, pero si hay un lugar que define su trayectoria es Luxor.
Allí dirige desde hace casi dos décadas el ambicioso proyecto de excavación, restauración y puesta en valor del templo funerario de Tutmosis III, una iniciativa que ha situado a la arqueología española en el centro de la investigación internacional sobre el antiguo Egipto. Gracias a un equipo multidisciplinar que ella lidera y al empleo de tecnologías de vanguardia, el proyecto está permitiendo reconstruir la historia de uno de los faraones más importantes de la dinastía XVIII.
En esta entrevista con la web de Informativos Telecinco, Myriam reflexiona sobre los descubrimientos que han marcado su carrera, los desafíos de dirigir una gran misión arqueológica, el papel de la mujer en la ciencia y la fascinación que sigue despertando una civilización que, miles de años después, continúa planteándonos nuevas preguntas sobre quiénes somos y de dónde venimos.
Pregunta: ¿Recuerdas cuándo nació tu fascinación por la arqueología?
Respuesta: Desde muy pequeña me fascinaba la historia, en especial la del Próximo Oriente. Tuve la suerte de contar siempre con el apoyo de mis padres para estudiar aquello que realmente me interesaba. Mi padre era orfebre, y desde niños mis hermanos y yo crecimos acostumbrados a visitar museos y a convivir con el arte y la historia. Mi madre, que no pudo estudiar todo lo que hubiera querido, siempre valoró enormemente la educación y se volcó en apoyarme para que yo pudiera formarme y seguir ese camino.
P.: ¿Qué encontraste en Egipto que te hizo quedarte allí profesionalmente durante tantos años?
R.: Un trabajo apasionante, aunque dedicarme a lo que realmente me gustaba no fue fácil. Conseguir trabajo en este ámbito era complicado, pero decidí arriesgarme y marcharme allí para buscar oportunidades. Durante diez años fui enlazando proyectos muy diferentes, trabajando con equipos alemanes, estadounidenses, franceses y españoles, tanto en excavaciones terrestres como en arqueología subacuática. Era una forma de vida exigente, que me obligaba constantemente a cambiar de lugar y a adaptarme a nuevas personas, culturas y métodos de trabajo.
Sin embargo, era precisamente esa experiencia lo que me apasionaba. Gracias a esos años de aprendizaje y a la diversidad de proyectos en los que participé, adquirí la experiencia necesaria para, más adelante, poner en marcha y dirigir mi propio proyecto.
P.: ¿Qué crees que es lo más importante que todavía permanece oculto?
R.: Eso nunca se sabe. Lo que sí se sabe es que queda por descubrir más de la mitad del Antiguo Egipto. Y precisamente ahí reside la fascinación de la investigación y de los descubrimientos arqueológicos: cualquier hallazgo puede aportar una nueva perspectiva y obligarnos a replantear lo que creíamos saber hasta ese momento.
Siempre me quedará grabado el momento en el que encontré enormes bloques del Faro de Alejandría
P.: ¿Cuál dirías que ha sido el hallazgo más importante que has descubierto a lo largo de tu carrera?
R.: Es muy difícil elegir un hallazgo por encima de los demás, porque cada descubrimiento aporta una pieza fundamental para comprender mejor el pasado. Pero entre nuestros descubrimientos figuran un almacén enterrado y olvidado que contenía más de 2.000 piezas inéditas; unas joyas de oro pertenecientes a una dama de la alta sociedad tebana; los dinteles de la casa del sacerdote Khonsu; o un ostracon que recoge tres recetas detalladas para fabricar adobes, con proporciones precisas de los materiales empleados.
Cada uno de estos hallazgos nos abre una ventana distinta al mundo del antiguo Egipto: a su economía, su administración, sus técnicas constructivas, sus creencias o su vida cotidiana. Por eso resulta tan difícil decantarse por uno solo; todos son, a su manera, extraordinarios.
P.: ¿Y el que nunca olvidarás?
R.: Mi primera inmersión en Alejandría, en el yacimiento submarino de Qait Bay. Al descender al fondo y encontrar ante mí enormes bloques pertenecientes al antiguo Faro de Alejandría, junto a columnas, esfinges y otros vestigios monumentales dispersos por el lecho marino, sentí una emoción difícil de describir. Fue uno de esos momentos excepcionales que quedan grabados para siempre en la memoria de una arqueóloga.
P: Tras 18 años excavando el templo de Tutmosis III, ¿en qué ha cambiado tu forma de mirar a Tutmosis III desde aquella primera campaña hasta el día de hoy?
R: Mi mirada actual es mucho más madura y analítica. Al principio buscas el impacto, el gran hallazgo material. Hoy busco la comprensión global del monumento; me interesa igual un fragmento de cerámica que nos explique la economía del templo que un relieve bellísimo. Por muy avanzada que esté una investigación, la arena siempre guarda algún as bajo la manga. El templo sigue vivo, y continúa desafiando nuestras certezas y sorprendiéndonos cuando menos lo esperamos.
Cuando pisé por primera vez aquel terreno colmado de escombros y de tierra, habría pensado que era una utopía. En egiptología sabes dónde empiezas, pero nunca dónde vas a terminar. Y ver hoy el templo digitalizado en tres dimensiones, con tecnologías que ni existían cuando empecé mi tesis en Tubinga, y recordar momentos tan institucionales como la visita de los Reyes de España, me produce un vértigo tremendo.
La arqueología de campo es un 40% ciencia y un 60% psicología y logística
P: Tras casi dos décadas de trabajo cerrado al público. ¿Qué supondrá este nuevo hito para el circuito turístico de Luxor?
R: Es el gran reto del proyecto a corto plazo: pasar de la investigación a la divulgación, haciendo accesible este patrimonio para que todos puedan comprenderlo y disfrutarlo. Para Luxor, la incorporación de este templo funerario de Tutmosis III va a ser un revulsivo. Diversifica el circuito tradicional y ofrece al visitante una experiencia única: comprender no solo una tumba o un templo de culto, sino el concepto de un templo funerario real de la dinastía XVIII perfectamente musealizado.
Si las condiciones son favorables, nuestra previsión es que pueda estar preparado para abrir al público en un plazo aproximado de dos o tres años. Eso dependerá de las decisiones que adopte el gobierno egipcio en los próximos años.
P: Más allá de la arqueología, ¿cómo se gestiona la dirección y la convivencia de un equipo multidisciplinar para que todo funcione?
R: La arqueología de campo es un 40% ciencia y un 60% psicología y logística. Convivir durante tres meses intensivos en una casa de excavación con egiptólogos, restauradores, arquitectos, fotógrafos y epigrafistas de distintas nacionalidades es un desafío sociológico. Todos tienen talento, pero también opiniones fuertes y mucho criterio propio. Mi papel ahí no es solo dirigir la excavación, es ser mediadora, gestora y, a veces, casi una figura familiar. Por no hablar de que hoy se gasta más energía excavando en los despachos en busca de fondos que bajo la arena del templo. Es la cara más amarga y menos romántica de la egiptología del siglo XXI.
Hoy se gasta más energía buscando financiación que excavando bajo la arena
P: ¿Cómo ha cambiado el panorama en los últimos 20 años a la hora de conseguir patrocinadores?
R.: El modelo de financiación ha cambiado de forma drástica; los grandes presupuestos estables de hace veinte años han desaparecido. A veces es desesperante sentir que tienes el conocimiento, el equipo y el yacimiento idóneo, pero que todo pende del hilo de un presupuesto que no termina de llegar. Mantener un proyecto de esta envergadura cuando las administraciones o las empresas cierran el grifo roza el milagro.
P: Fuiste de las primeras mujeres españolas en dirigir un gran proyecto arqueológico en suelo egipcio. ¿Tuviste que derribar muros?
R: Sí, el principal muro invisible fue el de la credibilidad inicial en un mundo, el de la arqueología de campo en el Alto Egipto, profundamente masculinizado. Cuando llegas allí como una directora joven y extranjera, tanto las autoridades locales como los capataces (rais) y los obreros te miran con escepticismo. Esperan ver si vas a aguantar el ritmo, si te vas a asustar por las condiciones o si vas a flaquear en la toma de decisiones. Ese respeto no se gana gritando ni imponiendo galones; se gana demostrando que sabes más que nadie de ese yacimiento, bajando a la zanja con ellos, conociendo su idioma, sus costumbres y sus códigos de honor.
P: Vives a caballo entre las aulas de la Universidad de Sevilla y la intensa rutina de Luxor. Cuando estás en clase, frente a alumnos, ¿qué les transmites?
R: Les doy una dosis de cruda realidad laboral y otra de pasión, porque una sin la otra es peligrosa. Si sólo les transmito pasión, les estoy vendiendo una fantasía que los estrellará contra la realidad al salir de la carrera. Les hablo con mucha claridad de la durísima competencia internacional y de lo difícil que es conseguir una beca o estabilidad. Pero inmediatamente después les inyecto la pasión, porque este trabajo es vocacional o no lo es. Les enseño que la arqueología te ofrece el privilegio único de tocar la historia con tus propias manos, de ser el primero en ver un color que lleva oculto miles de años.
Desenterrar a nuestros antepasados es una búsqueda de identidad
P: ¿Por qué crees que seguimos necesitando desenterrar a nuestros muertos más antiguos?
R: Suele decirse que somos una especie que necesita saber de dónde viene para entender a dónde va, especialmente en momentos de tanta incertidumbre tecnológica y social como el presente. Desenterrar a nuestros antepasados más remotos no responde a una obsesión necrófila, sino a una búsqueda de identidad.
Cuando estudiamos el Egipto de hace 3.500 años, descubrimos que sus habitantes compartían las mismas inquietudes fundamentales que nosotros: el miedo, la ambición, el amor por la belleza, el temor al olvido y el anhelo de trascender los límites de la propia existencia. Necesitamos la arqueología porque nos conecta con nuestra esencia más pura y nos recuerda que, pese a los milenios de distancia, no somos tan diferentes.
P.: ¿Crees que hay aspectos en los que los antiguos egipcios estaban más avanzados que nosotros?
R.: Se trata de contextos históricos muy diferentes. Hoy contamos con conocimientos y herramientas que los antiguos egipcios no podían ni siquiera imaginar. Sin embargo, su civilización sigue despertando una enorme admiración por múltiples razones. Resulta especialmente interesante el grado de desarrollo que alcanzó su sociedad en algunos aspectos, como el papel de la mujer. En términos generales, hombres y mujeres eran considerados iguales ante la ley, y ellas podían heredar, gestionar sus propios bienes y desarrollar actividades económicas. Podían ejercer distintos oficios, conservar su identidad tras el matrimonio, divorciarse y llevar una vida independiente.
P: Empezaste este proyecto siendo una arqueóloga joven con un sueño y hoy eres una científica consagrada. ¿Sientes que Tutmosis III te ha dado una vida que jamás habrías imaginado?
R: Tutmosis III me ha dado una vida extraordinaria. Me ha permitido viajar, conocer a profesionales maravillosos que hoy son mis amigos, crecer como científica y vivir con una intensidad que jamás habría tenido detrás de un escritorio. Mis manos tienen la marca de la arena de Luxor, indudablemente, y esa marca nunca se podrá borrar.