Qué es la ibogaína, la polémica droga psicodélica a la que recurrió Presley Gerber para tratar sus adicciones antes de morir

El hijo de Cindy Crawford perdió la vida el pasado 20 de septiembre a los 27 años. Las autoridades señalan una sobredosis como la posible causa de su muerte
El tratamiento prohibido en Estados Unidos al que se sometió Presley Gerber, el hijo de Cindy Crawford, antes de morir: "Me aterrorizaba"
Durante los últimos meses de su vida, Presley Gerber buscó diferentes vías para hacer frente a sus problemas de salud mental y a sus adicciones. El hijo de Cindy Crawford y Rande Gerber, que murió el pasado 20 de septiembre a los 27 años, llegó a someterse a un tratamiento con ibogaína, una droga psicodélica de origen vegetal que desde hace décadas despierta polémica.
El propio Presley habló públicamente de aquella experiencia semanas antes de su muerte. En una publicación compartida en sus redes sociales el pasado mes de marzo, explicó que había recibido una denominada "flood dose" de ibogaína para tratar sus adicciones a las drogas, un problema del que ha hablado durante los últimos años.

Describió la experiencia "aterradora" y aseveró: "Rezo para que sea la última vez que tenga que volver". Y es que se desplazó hasta Cancún, México, para acudir a la clínica Beond Ibogaine, cuyos tratamientos oscilan entre 11.000 y 17.000 euros y están totalmente prohibidos tanto en Estados Unidos como en varios países europeos, entre ellos Bélgica, Dinamarca, Francia, Hungría, Irlanda, Italia, Noruega, Suiza y Suecia.
Ahora, la Policía de Santa Mónica investiga su fallecimiento en un centro de rehabilitación en Santa Mónica. Todo apunta a "una sobredosis fatal y un paro cardiaco" como hipótesis principal alrededor de la causa de la muerte. Las autoridades investigan también el posible origen de las sustancias que estarían relacionadas con el deceso.
¿Qué es la ibogaína y cuáles son sus riesgos?
La ibogaína es un alcaloide psicoactivo que se obtiene de la Tabernanthe iboga, un arbusto originario de las selvas de África Central. La planta tiene una larga tradición en países como Gabón, Camerún y la República del Congo, donde la iboga forma parte de determinadas prácticas medicinales y ceremoniales.
En Occidente, sin embargo, la sustancia llamó la atención por otra razón: su supuesto potencial para interrumpir determinados patrones de dependencia de drogas, especialmente de opioides.
Su historia está vinculada a Howard Lotsof, quien en la década de 1960 experimentó con ibogaína y después defendió su capacidad para reducir la dependencia de la heroína. Desde entonces, distintos investigadores han estudiado si detrás de esas experiencias había realmente un mecanismo farmacológico aprovechable para tratar las adicciones.
Hasta la fecha, no existe todavía evidencia suficiente para considerar la ibogaína un tratamiento probado y convencional para las adicciones, y sigue siendo experimental.

Lo llamativo de la ibogaína es que no funciona como otros psicodélicos. Cuando se administra en dosis elevadas puede provocar una experiencia psicodélica tan intensa que puede prolongarse durante muchas horas.
La ibogaína, además, se transforma en el organismo en otro compuesto denominado noribogaína, y ambos interactúan con diferentes sistemas de neurotransmisores. Se ha estudiado su acción sobre receptores relacionados con la serotonina, los opioides, la dopamina y otros sistemas cerebrales implicados en el estrés y la dependencia.
Una de las hipótesis que ha despertado mayor interés es que una administración puede producir una reducción intensa y rápida del deseo de consumir determinadas sustancias y, en el caso de los opioides, disminuir algunos síntomas del síndrome de abstinencia.
En los centros que ofrecen esta terapia, generalmente en México y Nueva Zelanda, el proceso suele comenzar con una evaluación médica y psicológica y con pruebas destinadas a detectar posibles factores de riesgo, sobre todo cardíacos. Después se debería administrar la sustancia bajo supervisión durante un periodo prolongado. La experiencia psicodélica puede ser muy intensa.
El principal motivo por el que la ibogaína genera tanta preocupación entre los especialistas no son solo sus efectos psicodélicos. Es su posible toxicidad cardíaca.
La sustancia puede prolongar el intervalo QT del electrocardiograma, una alteración que puede favorecer determinadas arritmias ventriculares graves. Entre ellas se encuentra la llamada torsade de pointes, que en determinadas circunstancias puede provocar una parada cardíaca.
Uno de los estudios más citados a nivel mundial es el análisis dirigido por el Dr. Kenneth Alper, que recopiló y analizó de manera sistemática las muertes asociadas con la ibogaína. Registró 19 muertes fuera de África ocurridas en un periodo específico. Las muertes se produjeron entre 1 y 76 horas después de ingerir la sustancia.
Asimismo, el Centro Internacional de Educación, Investigación y Servicio Etnobotánico (ICEERS) realizó una investigación en la que señalaba que, aunque la sustancia genera un fuerte interés en la terapia de adicciones, la falta de control clínico riguroso y la automedicación multiplican el riesgo de muerte.
La FDA y la DEA mantienen la ibogaína en la Lista I de sustancias controladas (al mismo nivel que la heroína) debido a su alto potencial de abuso y a que provoca muerte súbita por paro cardíaco. La investigación clínica federal fue frenada severamente por la FDA debido a las muertes asociadas.
