Del barro a la piel: la tatuadora de Granada que convierte el cuerpo en cerámica andaluza
Patricia Martínez revoluciona el sector con su técnica de "azulejo", logrando texturas que imitan la pincelada de la artesanía tradicional sobre la piel
El arte de la cerámica de Fajalauza sale de los talleres de alfarería para instalarse de forma permanente en la estética urbana y contemporánea
GranadaLa cerámica de Fajalauza, con sus azules profundos y sus motivos de granadas y aves, es una de las señas de identidad más potentes de Granada. Durante siglos, este arte ha decorado platos, jarrones y fachadas, pero ahora ha encontrado un soporte inesperado en el cuerpo humano. Patricia Martínez Ruiz, una artista granadina de 35 años, está logrando que la tradición andaluza traspase el barro para instalarse de forma permanente en la piel. Su técnica, que imita a la perfección la textura del azulejo, se ha convertido en uno de los tatuajes más reclamados en la capital.
Patricia no llegó al mundo del tatuaje por casualidad, aunque sí por instinto. Desde pequeña, el dibujo fue su lenguaje natural, destacando en perspectiva y puntos de fuga mientras otras asignaturas se le resistían. Así que tras formarse en fotografía artística y diseño gráfico, hace nueve años decidió dar el salto al tatuaje. "Mis amigos me decían que por qué no lo intentaba; dibujaba mucho y me sabía hasta todos los estudios de mi ciudad", recuerda.
Hoy, a punto de inaugurar su propio estudio, Posidonia Tattoo (en la calle Gonzalo Jiménez de Quesada, 7), Patricia ha consolidado un estilo que es puro "orgullo de la tierra".
Una técnica fortuita: de un plato de cerámica a la aguja
El origen de este estilo tan particular fue casi un accidente creativo. Una clienta, buscando algo que nadie más tuviera, le pidió plasmar una cerámica granadina con su textura real. "Yo no lo había hecho nunca, pero tenía en casa unos platos, los miré y pensé: 'creo que se puede hacer de esta forma'", relata Patricia.
Aquel experimento fue el inicio de una especialización que ya cumple seis años y que requiere una pericia técnica muy específica para engañar al ojo humano.
Para lograr ese efecto de "vidriado", Patricia utiliza una aguja específica denominada "Magnum". Porque el secreto no está solo en el dibujo, sino en el movimiento: "Muevo la aguja de cierta forma para dar esa sensación de trazo de pincel en la piel". Usando diferentes tonalidades de azul, u otros colores según la pieza, consigue que el diseño no parezca un dibujo plano, sino una pieza de artesanía con relieve y profundidad. "He hecho desde granadas y vasijas hasta la propia Virgen de las Nieves con este acabado", asegura la tatuadora.
El tatuaje como memoria sentimental
Más allá de la estética, el trabajo de Patricia Martínez tiene para ella una carga emocional que llega a conectar generaciones. "Me parece algo súper valioso. Es una forma de hacer permanente en el tiempo esta tradición artística", confiesa. Para muchos de sus clientes, no es solo decoración, sino, más bien, un homenaje a sus raíces: "Buscan en su casa una artesanía que les recuerde a sus padres o a sus abuelos y quieren dejársela grabada para siempre".
Sin embargo, su portafolio no se limita a la cerámica. Patricia ha realizado trabajos de lo más insólitos, desde un hueso esfenoides para una fisioterapeuta hasta un detalle tan íntimo como el rizo del pelo de la madre de una clienta, capturando incluso el tono exacto del cabello.
Pero por encima de todas las experiencias que ha llegado a tener con la tinta, su verdadera pasión está en fundir la figura femenina con el paisaje andaluz: "Rostros con rasgos del sur que lucen pendientes de cerámica o la silueta de Sierra Nevada recorriendo el cuello", son algunos de los dibujos que más le gusta realizar.
Entre pincelada y pincelada, ella tiene claro dónde puede descansar su felicidad: "Mi meta no es algo grandioso, es vivir tranquila, rodeada de gente bonita y hacer feliz a la gente con tatuajes que signifiquen algo", confiesa la artista sobre su filosofía de vida.
Posidonia: naturaleza y biodiversidad en cada trazo
El nombre de su nuevo estudio, Posidonia, no es casual. Patricia es una enamorada de la naturaleza, el senderismo y la biodiversidad, elementos que intenta filtrar en cada uno de sus diseños. "Quería un nombre que representase algo que nos da la vida, y la posidonia es una planta del Mediterráneo fascinante", explica.
Y es que su ambición, lejos de los focos o el éxito masivo, es la paz y el contacto con el entorno, algo que se refleja en su estilo soñador y detallista.
De cara al futuro, Patricia sueña con llevar el tatuaje hacia lo abstracto y lo anatómico, creando líneas con movimiento que recorran el cuerpo y se unan según la postura de la persona. Mientras tanto, sigue rescatando los platos y azulejos del olvido doméstico para convertirlos en obras de arte vivientes.