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Las monedas pueden transmitir más bacterias que un inodoro: la verdad detrás de una comparación muy repetida

Siempre conviene lavarse las manos antes de comer, cocinar o tocarse la cara. Pixabay
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MadridDecir que una moneda puede tener más bacterias que un inodoro es una de esas comparaciones que incomodan. Esta afirmación ha circulado durante años en conversaciones y vídeos de curiosidades y tiene todos los ingredientes para quedarse en la memoria: es algo que tocamos a diario como es el dinero en efectivo que se compara a una de las superficies que más se asocia con la suciedad.

Los billetes y monedas pueden transportar bacterias, hongos e incluso restos de microorganismos procedentes de las manos, bolsillos, mostradores, carteras, mercados o cajas registradoras. Pero eso no quiere decir que tocar una moneda sea más peligroso que sentarse en un inodoro, ni que todas las monedas estén igual de contaminadas.

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Por qué el dinero puede acumular microbios

El dinero en efectivo tiene una característica muy sencilla: pasa de mano en mano. Una moneda puede estar por la mañana en la caja de un supermercado, después en el bolsillo de alguien, más tarde en la barra de un bar y al final en la mano de alguien que compra pan. Durante ese recorrido toca diferentes superficies y objetos.

Esa circulación constante convierte al dinero en un posible fómite, es decir, un objeto capaz de transportar microorganismos de un lugar a otro. Las manos son una de las principales vías de transferencia. Si una persona no se lava las manos después de ir al baño, manipular alimentos, toser, tocar animales o estar en contacto con alguna superficie sucia, puede transferir parte de esos microbios al dinero. La siguiente persona que lo toque puede recogerlos, aunque eso no implica que enferme.

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En las monedas influye además que muchas contienen aleaciones metálicas como cobre, níquel o zinc, y algunos metales tienen propiedades que dificultan la supervivencia de ciertos microorganismos. Por eso, en algunos estudios, los billetes aparecen más contaminados que las monedas: el papel o el polímero pueden retener suciedad y humedad de otra manera. De todas formas, las monedas no son superficies estériles.

No todas las bacterias son peligrosas

Otra clave es que la palabra “bacteria” suele sonar peor de lo que realmente es. Vivimos rodeados de bacterias. Están en todas partes: en la piel, en la boca, en el intestino, en el suelo, en el aire y en casi todas las superficies que tocamos. Muchas son completamente inofensivas; algunas incluso forman parte de nuestra microbiota normal.

Cuando un estudio encuentra bacterias en monedas o billetes, eso no quiere decir que automáticamente haya un peligro serio. Puede tratarse de bacterias ambientales, de bacterias comunes de la piel o de microorganismos que no causan enfermedad en personas sanas. El riesgo aumenta cuando aparecen patógenos potenciales, bacterias resistentes a antibióticos o microorganismos fecales, pero incluso entonces la transmisión depende de varios pasos.

Para enfermar, una bacteria tiene que estar presente en cantidad suficiente, sobrevivir en la superficie, pasar a la mano, llegar a una vía de entrada adecuada y superar las defensas del organismo. Como es lógico, esta cadena no siempre se completa. Por esta razón, los expertos suelen insistir menos en tener miedo al dinero y más en aplicar una higiene básica después de manipularlo, sobre todo si se va a comer o a cocinar.

Billetes, monedas y superficies compartidas

En general, los billetes suelen ofrecer más oportunidades para retener suciedad por su textura, porosidad y tiempo de circulación. Pueden doblarse, arrugarse, humedecerse y guardar restos orgánicos con más facilidad que una moneda metálica.

Las monedas, por su parte, pueden ser menos favorables para algunas bacterias por el efecto de ciertos metales. Sin embargo, esto no hace que estén limpias. Pueden contaminarse por contacto con manos sucias, alimentos, superficies húmedas o ambientes con mala higiene. También pueden ser un vehículo temporal de microorganismos.

El riesgo real está en lo que se hace después

Tocar una moneda no suele ser un problema por sí solo. El riesgo llega cuando, después de manipular dinero, nos tocamos la boca, los ojos, la nariz, una herida o preparamos comida sin lavarnos las manos. Es entonces cuando los microorganismos pueden encontrar una vía de entrada.

Esta es la razón por la que en hostelería y alimentación se recomienda separar, en la medida de lo posible, la manipulación de dinero y alimentos. No porque cada moneda sea peligrosa, sino porque el dinero es un objeto compartido y difícil de controlar. Si una persona cobra, toca monedas y luego prepara, por ejemplo, un bocadillo sin haberse lavado las manos, la cadena de transmisión se vuelve más creíble.

Lo mismo puede pasar en casa. Si alguien llega de la calle, se vacía las monedas de los bolsillos y después se pone a cocinar sin lavarse las manos, el riesgo no viene de una moneda concreta, viene de la suma de todos los contactos. La higiene de manos corta esa cadena de forma muy sencilla.