Entrevistas

Heike Freire, referente en transformación educativa: "Los niños que acuden a escuelas con naturaleza crecen más y se enferman menos"

Heike Freire
Heike Freire, creadora de la Pedagogía Verde. Faber Residency
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Adentrarse en la Pedagogía Verde que propone Heike Freire es acercarse a un mundo donde los niños disfrutan en los charcos, se ensucian de barro, se suben a los árboles y se relacionan con ciertos animales con naturalidad, como parte del entorno. Para muchos padres y familias eso es difícil, porque no tienen la cultura de hacerlo o porque no tienen el entorno propicio, sin embargo, por algo se empieza. El uso excesivo de pantallas ya sabemos que causa graves problemas mentales y físicos en los niños y adolescentes, dejándoles un legado de por vida muy por debajo de lo esperable. También la ciencia ha demostrado que un déficit de naturaleza puede causar problemas de salud en niños. De hecho, existe para denominarlo el trastorno por déficit de naturaleza (TCN), un término acuñado por Richard Louv en su libro 'Last Child in the Woods' (2005) para describir la falta de conexión de las personas con la naturaleza en la vida cotidiana. De ahí que los baños de bosque se hayan hecho tan famosos en países como Japón o Finlandia.

En España, una de las profesionales que más está hablando de este problema es Heike Freire, creadora de la Pedagogía Verde, docente, investigadora, asesora, comunicadora y un referente internacional en transformación educativa y desarrollo humano en contacto con la naturaleza. Desde hace treinta años, imparte conferencias y workshops por todo el mundo y asesora gobiernos, universidades, fundaciones, escuelas, y otras organizaciones en sus proyectos de renaturalización. En colaboración con Florida Universitaria, Heike dirige el programa 'Experto Universitario en Pedagogía Verde', una formación de posgrado que capacita a profesionales del desarrollo humano en contacto con la naturaleza. Asimismo, también colabora con diversas organizaciones y es miembro del Consejo Asesor de la Cátedra de Renovación Pedagógica de la Universitat de Girona y de la editorial Octaedro. Es autora de centenares de artículos y cuatro obras de referencia —'Educar en verde. Ideas para acercar a niños y niñas a la naturaleza', '¡Estate quieto y atiende!: Ambientes más saludables para prevenir los trastornos infantiles', 'Patios Vivos para renaturalizar la escuela' y 'Guía completa para guardianas del juego'— su amplia y sólida trayectoria le ha merecido reconocimientos como el Premio Magisterio a los protagonistas de la educación (2020). Charlamos con ella sobre su nuevo libro, que publica Paidós, 'Educar en verde. Cómo superar el déficit de naturaleza y cultivar el amor por la Tierra'.

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Pregunta: ¿Es España un lugar donde los niños carecen de contacto con la naturaleza?

Respuesta: En general, nos falta cultura de conexión con la naturaleza. Los estudios lo confirman: en un ranking de 61 países realizado durante una reciente investigación a nivel mundial, España ocupa el último lugar en conexión con la naturaleza. Esta situación afecta a niños y adultos. La conexión con la naturaleza implica: conocer y valorar los beneficios del contacto con el medio natural, fomentar las oportunidades de contacto, por ejemplo, renaturalizando los espacios escolares o facilitando las “salidas” a espacios verdes y, por último, cultivar la biofilia innata, es decir, el amor por la tierra y todo lo vivo.  

P: ¿Cómo ha cambiado el paradigma en los últimos años? 

R: Aunque en los últimos 15-20 años se han hecho avances: las familias salen un poco más que antes al campo, las escuelas utilizan un poco más los espacios verdes cercanos para sus actividades, o renaturalizan sus patios, pero el lastre del pasado es importante y seguimos muy por detrás de otros países.  

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P: ¿Qué supone un déficit de naturaleza para un niño? ¿Qué problemas acarrea?  

R: El déficit de naturaleza es particularmente grave para los niños, niñas y jóvenes porque en la etapa infantil se construye lo que podríamos llamar el “capital de vida” de la persona, es decir, los recursos fundamentales de su salud, bienestar y felicidad, a los que podrá recurrir (o no) a lo largo de toda su vida adulta. Para empezar, la falta de contacto con la naturaleza tiene un importante impacto en la salud física: problemas como la obesidad, por sedentarismo y mala alimentación, la miopía, por falta de luz natural, las alergias y enfermedades respiratorias (por carencia de vitamina D) o los problemas de del desarrollo motor, son casos bien estudiados. 

Afecta especialmente a la salud mental y emocional, porque incrementa los miedos, la ansiedad y el estrés, así como los pensamientos negativos, el mal humor o los sentimientos de soledad y aislamiento. También limita el desarrollo de habilidades sociales. Los niños con déficit de naturaleza tienen más dificultades para adquirir el lenguaje, comunicarse con otras personas y ser empíricos. Por ponerte un ejemplo, las criaturas de infantil y primaria tienen más conflictos en los patios de cemento que en los patios renaturalizados. Por último, el déficit de naturaleza bloquea el instinto innato de amor hacia todos los seres vivos, es decir a la Tierra, gracias al cual desarrollamos la conciencia ecológica y el valor del respeto al medio ambiente.  

P: ¿Qué entendemos por falta de contacto con la naturaleza? 

R: En primer lugar, hay que comprender qué es la naturaleza. Para la mayoría de la gente conectar con la naturaleza significa desplazarse a una preciosa cascada y hacerse un selfi. Pero si buscas la palabra naturaleza en el diccionario de la RAE verás que tiene dos acepciones principales. Por un lado, es el medio biofísico, o conjunto de elementos y seres vivos que nos rodean (ecosistemas con agua, cielo, tierra, minerales, plantas y animales, hongos y bacterias...en la biosfera y más allá de ella). Y, por otro lado, es el principio vital que rige el desarrollo armónico y la plenitud de cada ser vivo. Por ejemplo, cuando hablamos de la “naturaleza humana”. Este principio es el que nos da autonomía y la capacidad de autocrearnos, es decir, de elegir y dirigir nuestras vidas. Un ordenador, por ejemplo, no tiene estas capacidades.  

P: ¿Qué beneficios tiene educar en la naturaleza y cuáles son las bases para ti que deberían haber tanto en casa como en la escuela? 

R: Desde los años 70 disponemos de numerosos estudios que indican que el contacto con la naturaleza hace que niños y niñas se desarrollen mejor, que estén más fuertes y más sanos. Por ejemplo, los niños que acuden a escuelas infantiles con naturaleza crecen más y se ponen menos enfermos. También facilita la regulación emocional. Cuando disponen de naturaleza cercana niños y niñas están más relajados, sufren menos estrés y son más resistentes, es decir, afrontan mejor las dificultades de la vida. También son más sociales, más empáticos, escuchan mejor y resuelven pacíficamente los conflictos. Y me hago esta pregunta al respecto: ¿tal vez los dignatarios que entran continuamente en guerras necesitarían más naturaleza? Por otro lado, sus juegos son más creativos, más colaborativos. E intelectualmente también salen beneficiados: desarrollan mejor su atención, su memoria y sus capacidades de aprendizaje.  

P: Eres una fiel defensora del contacto de los niños con la naturaleza. ¿Cómo fue tu infancia para que te hayas convertido en un referente en este sentido?  

R: En mi infancia viví las dos polaridades: pasé una parte en contacto con la naturaleza, totalmente asilvestrada, y llena de amor por lo vivo. Y otra secuestrada entre los muros de un castillo que era un internado. Gracias a éste contraste, muy pronto me di cuenta de lo mucho que necesitamos el contacto con lo vivo para estar sanas en cuerpo y mente, y vivir felices, es decir, con plenitud. No cabe duda que estas vivencias marcaron mi vida y, por eso, la he dedicado a investigar, reflexionar y transmitir este mensaje.  

P: ¿Por qué hablas de infancias secuestradas? ¿Qué ocurre, es sobreprotección, comodidad o falta de recursos?  

R: Los mamíferos no estamos hechos para vivir encerrados. Al menos no todo el tiempo. Sin embargo, hoy los niños y niñas viven encerrados en muros y pantallas: apenas salen al aire libre (según las estadísticas pasan el 80% del tiempo en interiores), con muy pocas oportunidades para interactuar con otros seres vivos, incluidos sus iguales. Han perdido los lugares de socialización habituales, lejos de la mirada adulta, como las calles, los descampados a los que la gente de mi generación íbamos después del cole... Su capacidad de moverse libremente por el entorno, de elegir y decidir lo que quieren hacer, de relacionarse se ha visto seriamente disminuida en las últimas cuatro décadas. Pasan la mayor parte del tiempo entre cuatro paredes, en actividades dirigidas por adultos en el cole, en las extraescolares, o con su cuerpo inmovilizado y su mente secuestrada por las pantallas. Las causas de esta situación son muy variadas, como tú misma señalas: la bajada de la natalidad, la sobreprotección, el aislamiento y escaso apoyo que tienen las familias, la falta de recursos, tanto económicos como culturales, falta información y formación a las familias y a los profesionales de la educación.  

P: ¿Qué ofrece la naturaleza a los niños que no puede ofrecer ningún otro medio?  

R: La naturaleza les ofrece TODO lo que necesitan para crecer y desarrollarse con salud y plenitud. Te explico por qué. Mucho más que cualquier otra especie, los humanos nacemos totalmente inmaduros. La mayor parte de los mamíferos, por ejemplo, son capaces de desplazarse normalmente nada más salir al mundo, pero notros necesitamos al menos nueve meses para aprender a andar… La inmadurez es una consecuencia de la evolución, muy relacionada con la bipedestación. El momento en que nos pusimos de pie provocó el estrechamiento de las caderas en la mujer, y con él, la dificultad para parir cráneos que, por otro lado, eran cada vez más grandes. Pero supimos hacer del problema una oportunidad: la de terminar de “cocernos” en contacto con el entorno. Desde hace millones de años nuestras criaturas crecen en contacto con seres vivos de todas las especies; de todos los colores, formas y tamaños… Estamos programados para madurar en ese entorno y en ningún otro. La apertura al medio es lo que hace tan plásticos nuestros cerebros y nos ha vuelto tan inteligentes. Capaces de transformar y adaptarnos a todos los climas de la tierra, por ejemplo. Pero estos últimos 200 años el desarrollo industrial y tecnológico nos ha apartado cada vez más de “lo vivo”. Esta falta de madurez es la que produce los trastornos de los que hemos hablado.  

P: ¿Cómo es la vida de un adulto que ha crecido con una infancia pobre en contacto con la naturaleza?

R: En la etapa adulta hay muchos mecanismos de compensación, por eso dependerá de la persona. Lo más frecuente es que tenga la impresión de no pertenecer a ningún sitio, que se sienta aislado, o en una búsqueda continua, como si le faltara algo. Esta desconexión se vive como una pérdida de sentido: la sensación de ir a la deriva, sin una dirección, un objetivo claro ni una motivación interna que exprese los valores auténticos… Seguramente para compensar este vacío vivirá volcada al exterior, principalmente al consumo, pero tampoco ahí encontrará una satisfacción verdadera. 

P: ¿Qué problemas de salud suele tener? 

R: Básicamente, tendrá la sensación de estar incompleta, bloqueada en su creatividad y sin poder desplegar todas sus capacidades. El miedo al futuro, a lo que ocurra, a los demás, a la vida…es la emoción predominante. Con esa tensión permanente, sufrirá distintos tipos y grados de malestar: dificultades para concentrarse, para regular sus emociones y conectar consigo mismo, saber qué siente, qué necesita…, con otras personas (socializar, empatizar, crear vínculos…) y con el entorno natural (los sentidos, las emociones y la capacidad de asombro están disminuidos). Todo esto puede llevarle a cuadros de ansiedad, estrés, problemas alimentarios, adicciones, depresión. Así como tendrá más riesgo de sufrir obesidad por el sedentarismo, alergias, problemas respiratorios por la debilidad del sistema inmune, enfermedades cardiovasculares, inflamatorias e incluso cáncer.