Las parejas que discuten de una manera concreta tienen el doble de probabilidades de seguir juntas a los diez años
Las parejas más estables no son aquellas que nunca discuten, sino las que saben plantear el problema sin atacar al otro y buscan soluciones en lugar de culpables
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MadridUna pareja empieza discutiendo porque alguien no ha vaciado el lavavajillas, y poco después, está repasando todos los errores cometidos desde el comienzo de la relación. Otra tiene la misma discusión, pero explica qué le ha molestado y termina acordando cómo repartirse la tarea. En los dos casos está el conflicto, pero sus consecuencias son totalmente distintas.
La diferencia no está en el tema ni tampoco en la frecuencia con la que se producen los desacuerdos. Está en la manera de discutir: cómo se plantea el problema, qué tono se usa, si se escucha al otro o no y, sobre todo, si ambos son capaces de resolver el problema antes de que la conversación se convierta en una pelea.
De ahí viene una idea cada vez más repetida: quienes aprenden a discutir de forma constructiva tienen más posibilidades de permanecer juntos con el paso de los años.
Discutir no tiene por qué ser una señal de que la relación va mal
Hay una imagen muy extendida de la pareja feliz: dos personas que apenas discrepan, siempre están de acuerdo y resuelven cualquier diferencia sin apenas levantar la voz. La realidad es que la convivencia rara vez es así.
El dinero, las tareas domésticas, las familias políticas, la educación de los hijos, el tiempo libre, la intimidad o el uso del teléfono pueden ser fuentes continuas de fricción. Incluso las parejas más satisfechas pueden mantener diferencias profundas sobre alguno de estos asuntos.
Las investigaciones de John Gottman y Robert Levenson popularizaron la idea de que buena parte de los conflictos de pareja son “problemas perpetuos”, es decir, diferencias relacionadas con la personalidad, las prioridades o el estilo de vida que quizás nunca lleguen a ser resueltas por completo. El conflicto, no tiene por qué ser automáticamente el enemigo, sirve para expresar una necesidad, señalar un desequilibrio o renegociar una situación que ha dejado de funcionar. El problema llega cuando la discusión deja de estar centrada en lo que ha pasado y pasa a cuestionar a la otra persona.
La manera de empezar puede marcar la conversación
Uno de los hallazgos más conocidos sobre la comunicación de pareja tiene que ver con los primeros minutos del conflicto. Sybil Carrère y John Gottman realizaron un estudio longitudinal con 124 parejas que llevaban menos de seis meses casadas. En dicho estudio, los investigadores grababan conversaciones de quince minutos sobre un problema de la relación y siguieron a los matrimonios durante seis años.
El modo en el que comenzaba la conversación ofrecía información relevante sobre su evolución. Las parejas que después se divorciaron fueron las que mostraban desde el principio emociones negativas y menos expresiones positivas que las que permanecieron casadas. Las parejas estables, por el contrario, iniciaban el desacuerdo con una menor hostilidad.
No es lo mismo comenzar compartiendo lo que se siente y describiendo una situación para poder ponerle solución que acusando directamente a la pareja. Con este comienzo brusco o agresivo se favorece que la otra persona necesite defenderse. En lugar de escuchar, va a comenzar a recopilar pruebas para demostrar que esa situación era injusta. Entonces, la conversación ya no gira alrededor de las tareas domésticas y se convierte en una pelea sobre cuál de los dos se sacrifica más, quién recuerda mejor o peor el pasado o quién tiene derecho a estar más enfadado.
Las parejas que discuten de una manera constructiva son capaces de separar el problema de la persona, hablando de la conducta, de momentos y de necesidades concretas sin usar expresiones absolutas como siempre o nunca.
Las parejas duraderas no buscan ganar
En una discusión destructiva, cada miembro de la pareja busca demostrar que su versión es la verdadera. Escuchar no es entender al otro, sino simplemente esperar el turno para responder y cualquier concesión supone una derrota. Sin embargo, en una discusión constructiva, el objetivo no es declarar un vencedor, es resolver ese problema.
Validar cada una de las experiencias no obliga a estar de acuerdo con toda la interpretación que haga esa persona. Significa que se puede reconocer, desde su punto de vista, que cada emoción tiene sentido. En lugar de discutir sobre si alguien tiene derecho o no a sentirse mal, la conversación puede centrarse en qué hacer con ese malestar.
No quiere decir que se deban aprender tres frases correctas, sino que la comunicación debe formar parte de un ciclo: cuando una persona se siente escuchada, suele escuchar mejor, sin embargo, cuando espera un ataque, es más probable que responda a la defensiva.
Una discusión saludable no tiene por qué ser una conversación impecable. Pueden haber interrupciones, malos tonos o comentarios desafortunados. Pero, lo que distingue a muchas parejas estables es saber detectarlos y reparar esa interacción mediante una disculpa, una aclaración, un gesto afectuoso o una frase que pare la escalada. En esa conversación puede tener cabida el enfado y continuar siendo segura si ambos perciben que el vínculo sigue intacto. Sin embargo, el peligro aparece cuando predominan el desprecio, la humillación, la burla hiriente y el deseo de castigar.