Bienestar

Un pequeño ritual al terminar la jornada laboral marca mejor la separación entre trabajo y vida personal

Son gestos sencillos que facilitan la desconexión mental
Son gestos sencillos que facilitan la desconexión mental. Cup of Couple
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MadridCuando acaba el trabajo, es algo bastante común quedarse pensando durante media hora en el correo que queda pendiente, la reunión del día siguiente o esa tarea que no dio tiempo a completar. Para muchas personas, el trabajo acaba a una hora concreta, pero mentalmente continúa ocupando espacio bastante más tiempo.

Esto pasa con especial facilidad cuando se trabaja desde casa. Antes, el trayecto de vuelta podía funcionar como una transición natural: salir de la oficina, caminar hasta el coche, coger el metro o simplemente cambiar de escenario ayudaba a marcar que la jornada había llegado a su fin. Ahora, en ciertos casos, la distancia entre estar trabajando y estar en casa es literalmente la que separa el escritorio del sofá.

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Por eso, muchos especialistas insisten cada vez más en la importancia de crear un pequeño ritual de cierre. No tiene que ser algo complicado, lo importante es que ese gesto se repita lo suficiente como para convertirse en una señal clara de que el trabajo ha terminado.

El problema no es seguir trabajando, sino seguir pensando en ello

Desconectar del trabajo no significa olvidarse completamente de lo que se hace durante el día. La dificultad aparece cuando el trabajo sigue ocupando continuamente la cabeza durante el tiempo que debería estar destinado a otra cosa.

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El concepto de desconexión psicológica se utiliza para describir precisamente esa capacidad de alejarse mentalmente de las tareas laborales durante el tiempo libre. Puede que ya no se esté frente al ordenador, pero se siguen repasando conversaciones, imaginando problemas o pensando en qué habrá que hacer mañana.

El trayecto a casa hacía más de lo que parecía

El desplazamiento diario tenía mala fama, especialmente cuando implicaba tráfico o largos tiempos de transporte. Pero también cumplía una función sencilla: separaba físicamente dos partes del día.

Salir del edificio, caminar, conducir o viajar en transporte público creaba un espacio entre el trabajo y la vida personal. Para quienes trabajan desde casa, puede ser útil recrear de alguna manera esa transición. Incluso dar una vuelta a la manzana al terminar puede funcionar como una especie de trayecto de vuelta simbólico. No hace falta una caminata de media hora.

Apagar el ordenador puede convertirse en algo más que pulsar un botón

Un ritual funciona mejor cuando tiene un principio y un final claro. Por ejemplo, los últimos cinco minutos de la jornada pueden utilizarse para cerrar pestañas, revisar lo que queda pendiente y apuntar las tres cosas más importantes del día siguiente. Después se apaga el ordenador. De esta manera se puede evitar el sentarse a cenar y recordar de repente algo que no se quiere olvidar hacer mañana. Cuando algo está anotado, deja de depender de nuestra memoria.

Por otro lado, ponerse ropa cómoda al llegar a casa ha sido casi un ritual involuntario. Cambiarse los zapatos, quitarse la ropa de trabajo o ducharse sirve como una especie de señal física de que estamos entrando en otra parte del día. Un ritual que puede marcar esta transición puede ser cambiarse de ropa, preparar una bebida caliente o poner música. No tiene que tener ningún tipo de significado, simplemente porque es simple y repetible.

El móvil puede deshacer cualquier ritual

De poco sirve apagar el ordenador si diez minutos después seguimos respondiendo correos desde el sofá. La tecnología ha hecho que la jornada laboral pueda entrar en casa prácticamente sin pedir permiso. Un mensaje aparentemente pequeño puede volver a activar inmediatamente la sensación de trabajo: se lee un correo, se recuerda otra tarea y, de repente, la cabeza vuelve al mismo lugar que hace media hora.

Es evidente que no todos los trabajos permiten desaparecer por completo y algunas profesiones requieren disponibilidad en determinados momentos. Pero cuando no existe esa necesidad, mantener las notificaciones profesionales puede hacer que la frontera se vuelva prácticamente invisible.

Cuando se teletrabaja, cerrar físicamente el espacio ayuda mucho

Cuando trabajo y descanso comparten habitación, la separación resulta todavía más complicada. Si es posible, conviene evitar que el ordenador esté abierto sobre la mesa durante toda la tarde. Cerrar el ordenador, guardar los documentos o incluso cubrir la zona de trabajo puede cambiar bastante la percepción del espacio.

Se suele recomendar tener horarios claros y crear límites similares a los que existirían en una oficina, incluido dejar de revisar correos y mensajes cuando termina ese horario laboral. Si se dispone de una habitación separada, sería ideal, porque cerrar la puerta puede convertirse en sí mismo en ese ritual. En caso contrario, es suficiente con transformar visualmente el espacio: recoger el teclado, guardar la libreta y dejar de ver aquello que recuerda continuamente a lo que queda por hacer.

Muchas veces, este ritual es más importante de lo que pensamos para hacer más visible el momento en el que el trabajo deja de ocupar el centro del día.