Diego Luezas, el maestro de 24 años que ya dirige un colegio en Ourense, reivindica las escuelas rurales: “Muchas más ventajas que inconvenientes”
El joven de Cambados dirige el colegio de O Bolo, en Ourense, donde solo estudian nueve niños
Ha puesto en marcha un proyecto para recuperar la memoria del pueblo y acercar a los escolares a los mayores
A sus 24 años, mientras muchos jóvenes comienzan a dar sus primeros pasos en el mundo laboral, Diego Luezas, ya tiene a su cargo un colegio, con las responsabilidades y burocracia que conlleva el cargo. Además de dar clase a alumnos de distintos cursos de Primaria, ha sido designado en su primer año en la profesión, para dirigir el centro de O Bolo, en Ourense, una pequeña escuela rural en la que estudian nueve niños. Un reto que al principio le impuso respeto, pero que en pocas semanas le ha servido para descubrir una forma de enseñar que hoy defiende con entusiasmo: “La enseñanza personalizada es maravillosa”.
Natural de Cambados, Diego consiguió una plaza de maestro a la primera, después de dedicar un año a preparar las oposiciones. Lo que no imaginaba era que su estreno profesional llegaría en un municipio de montaña situado a unas tres horas de su casa y con la responsabilidad añadida de ponerse al frente del colegio. “Al principio me sentí abrumado, sobre todo el día que la inspectora de Educación me dijo que sería el director”, confiesa a Informativos Telecinco.
Pero Diego, que derrocha energía a raudales, se repuso enseguida y afrontó el reto con la entereza de quien parece llevar décadas en el cargo. “Supongo que tengo la frescura y la ilusión de quien trabaja por primera vez”, afirma con humildad.
“Esto es completamente diferente a todo lo que aprendes en la carrera”
Y es que, a sus 24 años, reconoce que la enseñanza es una profesión exigente y que necesita vocación, especialmente cuando a las clases se suman las responsabilidades de dirección: “Prácticamente le dedico todo mi tiempo: por las mañanas a dar clase y por las tardes a las labores de dirección así como a preparar las clases del día siguiente y los proyectos extraescolares que hacemos”. Aun así, se muestra satisfecho con el camino elegido y con la posibilidad de comprobar hasta dónde puede llegar con sus alumnos.
Sin embargo, Diego asegura que la experiencia nada tiene que ver con lo que había encontrado durante su formación en la facultad. En la carrera, explica que apenas había profundizado en el funcionamiento de los colegios rurales y sus prácticas se habían desarrollado en un centro de Cambados con unos 400 alumnos. En O Bolo, en cambio, comparte el día a día con una clase de siete escolares de distintos cursos y otra docente que atiende a los dos pequeños de Infantil, con quien hace "el tándem perfecto", asegura.
“Esto es completamente diferente a todo lo que aprendes en la carrera”, reconoce. La organización del aula, la preparación de las actividades y la gestión del colegio requieren una adaptación constante. A ello se suma la burocracia propia de la dirección, que debe resolver por las tardes, después de dedicar las mañanas a sus alumnos. “El trabajo aquí es muy intenso, pero muy gratificante”, resume.
Las ventajas de enseñar en una escuela con nueve alumnos
En este primer año de trabajo al frente de la escuela, Diego está comprobando que las dimensiones reducidas del colegio permiten prestar una atención más cercana a cada niño. Sus siete alumnos de Primaria se reparten entre segundo, cuarto, quinto y sexto, por lo que no siempre pueden trabajar juntos y muchas actividades requieren organizarse por niveles.
Esa diversidad, que podría parecer una dificultad, también se ha convertido en una oportunidad. El maestro puede detenerse en las necesidades concretas de cada escolar y adaptar el ritmo de las clases. Además, los mayores ayudan a los pequeños, y éstos aprenden al observar y escuchar contenidos de cursos superiores.
“Llevándola bien tiene muchísimas ventajas”, reitera Diego con entusiasmo: “los mayores ayudan a los pequeños y se sienten útiles, puedes ofrecer apoyo individual alumno por alumno y los pequeños van absorbiendo y aprendiendo materias de los mayores”, explica.
La reducida ratio también abre la puerta a actividades que resultarían más complicadas en aulas numerosas. Diego destaca la posibilidad de salir al aire libre con mayor frecuencia y desarrollar proyectos educativos que necesitan tiempo, participación y una atención más individualizada.
Frente a las dudas que había escuchado antes de incorporarse a una escuela rural, su experiencia le ha llevado a tener una opinión clara: “Tiene muchas más ventajas que inconvenientes”, sostiene. Entre las dificultades, reconoce que los niños disponen de menos oportunidades para relacionarse con compañeros de su misma edad y encontrar amistades con intereses similares; sin embargo, cree que la convivencia entre cursos contribuye a crear vínculos estrechos: “Aquí somos como una familia”.
También valora la autonomía con la que puede organizar el centro: “Tengo mucho poder de decisión y libertad que, imagino, no tendría en otro colegio con más compañeros y ratios de más de 20 alumnos”, señala. Una capacidad de iniciativa que está aprovechando para convertir la escuela en algo más que un lugar al que acudir a clase.
Un colegio implicado en la vida del pueblo
Diego quiere que sus alumnos conozcan el lugar en el que viven y que el colegio contribuya a mantener viva la identidad de O Bolo. Por eso ha diseñado una programación anual con actividades vinculadas a la historia, las tradiciones y la cultura gallega, en las que pretende implicar también al resto de vecinos.
El curso ha comenzado con un proyecto de investigación sobre distintos lugares del municipio. Cada niño trabaja sobre un espacio de su entorno para después elaborar una maqueta y compartir el resultado con sus compañeros. La intención es dar un paso más y organizar una exposición en diferentes puntos de la localidad para que los trabajos puedan ser conocidos por los vecinos.
La programación incluirá, además, encuentros con los mayores de la residencia, especialmente en fechas como el Samaín y la Navidad. El objetivo es promover actividades intergeneracionales que permitan a los escolares acercarse a otras generaciones y conocer de primera mano sus experiencias.
La cultura tradicional tendrá también un papel destacado, con talleres en los que participarán artistas como Mondra y Gabi Reboredo, además del artesano y divulgador Luis do Río. El maestro quiere dedicar igualmente una parte del proyecto a investigar la vida y la obra de Yosso, el reconocido pintor originario de O Bolo.
“Estoy investigando yo mismo todo sobre el municipio para que los niños de aquí puedan conocerlo”, cuenta. Incluso contempla organizar unas olimpiadas abiertas a todo el pueblo, una iniciativa con la que pretende reforzar el vínculo entre el colegio y sus vecinos.
La lucha por mantener viva la escuela rural
Detrás de estas propuestas también hay una preocupación por el futuro del centro. En O Bolo, donde una parte importante de la población es mayor, mantener abierta la escuela supone mucho más que garantizar un servicio educativo: significa conservar un espacio de encuentro para las familias y una oportunidad para que los más pequeños crezcan en su entorno.
Diego espera que el colegio pueda atraer a nuevas familias y contribuir a que aumente el número de alumnos. En ese sentido, mira con esperanza a los seis bebés que han nacido este año en el municipio, una señal que invita a pensar en el futuro de la localidad.
El maestro también conoce una de las dificultades habituales de las escuelas rurales: la falta de continuidad de parte del profesorado. Cuando los docentes cambian cada curso, los niños tienen que acostumbrarse a nuevas personas y rutinas, algo que puede afectar a la estabilidad del proyecto educativo. Por ahora, él no sabe si podrá permanecer en O Bolo, pero tiene claro lo que sí quiere hacer durante esta etapa. Su objetivo inmediato es seguir aprendiendo, disfrutar de la experiencia y demostrar al mundo que una escuela con nueve niños puede ofrecer una educación de calidad inimaginable.