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"El azúcar vuelve hiperactivos a los niños": lo que concluyen realmente los estudios científicos

No hay una relación clara entre el azúcar y la hiperactividad infantil
No hay una relación clara entre el azúcar y la hiperactividad infantil. Magnific
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MadridUna fiesta de cumpleaños, una mesa llena de chuches, refrescos, tarta, globos, música, gritos, juegos y niños corriendo de un lado para otro. Cuando se vive esta escena, siempre hay una frase que la acompaña: “normal que estén así, es por el azúcar”. Es un mito tan instalado en la cultura popular que parece casi una evidencia.

Pero la ciencia ha intentado comprobar esa relación en estudios controlados y el resultado es bastante menos contundente de lo que parece. La conclusión general es clara: el azúcar, por sí solo, no puede provocar hiperactividad en los niñosni tampoco empeorar de forma directa su comportamiento o su capacidad de concentración. Lo que pasa en la vida real es algo más complejo y tiene mucho que ver con el contexto, las expectativas de los adultos y la propia emoción de ciertas situaciones.

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El mito que todos hemos visto

La fuerza de este mito está en que parece fácil de comprobar. Muchos adultos han visto a niños muy excitados después de comer dulces. Sin embargo, esta observación tiene una trampa: casi nunca ocurre en un entorno neutro. Los dulces suelen aparecer en momentos ya estimulantes: cumpleaños, celebraciones, Navidad, Halloween, excursiones, reuniones familiares o tardes especiales. En estos contextos suele haber más ruido, más niños, menos rutina, más libertad, más emociones y, a menudo, más cansancio. Todo eso puede alterar el comportamiento infantil sin necesidad de que el azúcar sea el culpable.

Un niño no se va a comportar igual una tarde normal en casa que en una fiesta con veinte amigos, regalos, música y adultos distraídos. Si en medio de ese escenario también hay tarta y golosinas, es fácil atribuir el cambio de comportamiento al azúcar.

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Lo que dicen los estudios controlados

Una de las revisiones más citadas sobre este tema fue publicada en ‘JAMA’ en 1995. Sus autores analizaron estudios en los que los niños consumían cantidades conocidas de azúcar o placebo, sin que ellos, sus padres o los investigadores supieran qué estaban tomando en cada momento. Este detalle es importante, porque permite reducir el efecto de las expectativas.

La conclusión de aquel metaanálisis fue que el azúcar no afectaba de forma significativa al comportamiento ni al rendimiento cognitivo de los niños. Los investigadores también matizaron que no podía descartarse un pequeño efecto en algún subgrupo concreto, pero la evidencia disponible no sostenía la idea de que el azúcar fuera una causa general de hiperactividad.

Otro estudio publicado en ‘The New England Journal of Medicine’ evaluó dietas altas en sacarosa, aspartamo o sacarina en niños preescolares y en niños descritos por sus padres como “sensibles al azúcar”. Tampoco se encontraron diferencias significativas en numerosas variables de comportamiento y rendimiento cognitivo entre las distintas dietas.

El papel de las expectativas de los adultos

Una de las explicaciones más interesantes está en la expectativa. Si un adulto piensa que el azúcar vuelve hiperactivo a los niños, es más probable que interprete su comportamiento como consecuencia de ello. Un movimiento normal puede parecer más inquieto o una carrera, más exagerada.

Un estudio clásico sobre expectativas maternas mostró precisamente esto. A algunas madres se les dijo que sus hijos habían tomado azúcar, aunque en realidad todos habían recibido un placebo. Las madres que pensaban que sus hijos habían consumido azúcar tendieron a valorar su comportamiento como más hiperactivo.

Este resultado ayuda a explicar por qué el mito persiste. No se trata de que los padres inventen lo que ven, sino de que las expectativas influyen en la interpretación. Si uno espera que algo ocurra, puede detectarlo con más facilidad, incluso cuando la causa real está en otro lugar.

Azúcar no es lo mismo que la energía infantil

También hay una confusión frecuente entre energía e hiperactividad. Los niños tienen mucha energía de forma natural, especialmente en contextos sociales y estimulantes. Que corran, griten, salten o se emocionen no quiere decir necesariamente que haya una alteración causada por la comida.

La hiperactividad, en sentido clínico, no se define por estar animado después de una fiesta. Está más relacionada con patrones persistentes de inquietud, impulsividad o dificultad para mantener la atención en distintos contextos y durante un periodo prolongado. Por eso, no conviene usar la palabra “hiperactivo” para cualquier niño que esté más sobresaltado después de una celebración.

El azúcar puede aportar calorías rápidas, pero eso no equivale a producir un cambio conductual directo y universal. Además, muchos alimentos dulces se consumen junto a otros factores: falta de sueño, pantallas, ruido, exceso de estímulos, cambios de horarios o bebidas con cafeína en ciertos casos. Que el culpable es solo el azúcar es simplificar demasiado.

Esto no quiere decir que el azúcar sea inofensivo. Los azúcares añadidos siguen siendo un problema importante cuando desplazan a alimentos más nutritivos o se consumen en exceso.